Facundo
Facundo En diez años se habrá visto escrito en la República Argentina treinta millones de veces: ¡Viva la Confederación! ¡Viva el ilustre Restaurador! ¡Mueran los salvajes unitarios!, y nunca el cristianismo ni el mahometismo multiplicaron tanto sus símbolos respectivos, la cruz y la creciente, para estereotipar la creencia moral en exterioridades materiales y tangibles. Todavía era preciso afinar aquel dicterio de unitario; fué primero lisa y llanamente unitarios, más tarde los impíos unitarios, favoreciendo con eso las preocupaciones del partido ultracatólico que secundó su elevación. Cuando se emancipó de ese pobre partido, y el cuchillo alcanzó también a la garganta de curas y canónigos, fué preciso abandonar la denominación de impíos; la casualidad suministró una coyuntura.