La vida de Dominguito

La vida de Dominguito

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"Llegaron los restos de los héroes de Curupaití en los vapores Sussan Bearn y Río de la Plata. Si no estamos equivocados, el primero condujo los cadáveres de Sarmiento y Paz. La carga vino estivada de esta manera: los muertos yacían en la cala, los moribundos en la cámara baja, los heridos en la alta. Antes de llegar donde estaban Sarmiento y Paz, los estudiantes de la Universidad y los miembros de la Comisión de Socorros, desembarcaron los heridos. El que abrió la marcha fué el General Rivas. ¡Día memorable! Fué el primero en que la juventud de Buenos Aires dió á la ciudad consternada el espectáculo de llevar sobre sus hombros las reliquias vivas de los combates librados en los bosques y los esteros del Paraguay, defendidos por la barbarie del tirano, las bayonetas de sus greyes y las epidemias mortíferas de los climas tropicales. Aquella procesión de ambulancias que recorría pausadamente el muelle de pasajeros, y al llegar al "Paseo de Julio" se bifurcaba en direcciones diversas, era á cada paso interrumpida por las familias afligidas de las víctimas, y las personas piadosas que pululaban, ofreciendo á los heridos cuanto podían necesitar en ese momento. Los gloriosos supervivientes de Curupaití preferían á todo llegar pronto á sus alojamientos. Recién á las cinco de la tarde y con el cielo tormentoso surcado por relámpagos frecuentes, la falúa de la Capitanía del Puerto desembarcó los ataúdes de Sarmiento y de Paz. Forrados de negro, ambos llevaban, prendido al pié de la cruz de la tapa, un jazmín del Cabo marchito. Cayeron los remos de los marineros sobre las aguas del Plata, agitado como los corazones de los que tomaban parte en tan conmovedora escena, y la falúa se apartó del vapor que acababa de ser hospital y sarcófago. Con las vergas cruzadas y la bandera á media asta, quedó como envuelto en fúnebre crespón. Cuando llegamos al muelle, la generación de Sarmiento y de Paz, sus compañeros de Colegio y de Universidad, esperaban las cenizas de ambos con lágrimas en los ojos. Muchas damas y señoritas los aguardaban también con el pecho oprimido y las manos llenas de flores. Si el amor pudiera reanimar á los que murieron, Sarmiento y Paz habrían entrado por sus pies en la ciudad en que habían pasado las horas brillantes de su existencia breve. Al tocar tierra, la noche desplegaba sus cendales, y las nubes contagiadas por el ejemplo de los habitantes de Buenos Aires, empezaron á llorar. Pasados los cuerpos á otros ataúdes, el de Paz fué conducido á su casa, y el de Sarmiento á la habitación del Dr. D. Guillermo Rawson, porque se temió que al infortunio de la pérdida del hijo, agregara la madre el infortunio de la pérdida de la razón. El padre no pudo escuchar los gemidos maternales, ni los lamentos de los amigos de Dominguito, ni contemplar la fisonomía tétrica del día en que entró inerte en la ciudad que le vió partir, rebosándole el contento, el sacrificio y á la gloria. Él y su malogrado compañero, fueron arrebatados por la ola de los sucesos, que los devolvió también á la playa, como los restos de un naufragio. Ahora reposan de sus nobles fatigas en el seno de la tierra de su predilección, por cuyo amor vivieron, por cuyo amor murieron!".


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