La vida de Dominguito
La vida de Dominguito Y todos los estímulos son impotentes contra las adormideras que embalsaman el frío aire del desierto lóbrego. Y no había que chancearse: iba el pobre viandante de estribo á estribo, ebrio de sueño, y amenazaba por minutos irse de cabeza, á riesgo de intentar vanamente departir una piedra con ella, como solía decirle cuando se daba un golpe, echándole en cara en términos duros, el daño que haría quebrando las baldosas del patio, lo que hacía que sorprendiéndolo de improviso la paradoja, suprimía el llanto que sigue necesariamente á cada caída; cuando comprendía la charada, veníanle ganas de reír de la ocurrencia, y concluía la fiesta en paz.
Pero entre aquellas breñas, no era de andarse con bromas y era necesario arbitrar un medio de ahorrar al héroe de esta novela, la vergüenza de haberlo llevado en faldas, porque en ancas era infructuoso, ó haberse roto la crisma contra innobles pedruzcos, cuando le aguardaba la gloriosa metralla de los combates para poner término al cuento heroico.
Llamado á un asistente, se le dieron instrucciones de combate, y avanzó éste algunos pasos y volvió apresurado y con ruido á decir con voz alterada:—Señor! Señor! Me parece que hay malevos (malévolos) adelante. Se ven bultos… Fué preciso detener la marcha para dar órdenes; Dominguito recibió la de parar.