La vida de Dominguito

La vida de Dominguito

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El día, por siempre famoso de los fastos argentinos, de la inauguración del ferrocarril del Oeste hasta la Floresta, lo mas selecto de la sociedad iba en los trenes gozándose en la dicha de sentirlos extremecerse bajo sus plantas, arrastrados por la misteriosa locomotora. Un niño á caballo carría á todo correr, galopándole al costado, empeñado en conservar el mismo aire, y atravesando, volando mas que corriendo, sobre la parte baja de los terraplenes. Todos seguían con el ¡Jesús! en la boca, al atolondrado que iba tragando muertes, hasta que D. Ernesto Cobo gritó: ¡es Dominguito Sarmiento! con lo que muchos dieron vuelta, para no ver horrorizados el fin… No hubo nada!

Vueltos de Mendoza al hogar paterno de Yungay, y cuando ya hubo alcanzado cierto grado de desarrollo, intentóse, siguiendo los preceptos morales de Franklin, inculcarle ideas de economía, y si fuera posible de lucro, como denuncian los viajeros ingleses encontrar en ejercicio activo en los niños norteamericanos, que crían gallinas de su cuenta para vender huevos y hacerse de capital, ó bien vender libros, diarios, manzanas y flores de maíz tostado en los ferrocarriles, importunando todavía á los pasajeros, cuando ya los trenes van en movimiento acelerado, contando con la destreza adquirida de caer parados.


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