La vida de Dominguito

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El marchante de ocasión de Santa Brígida recorrió todo el diapasón del roto, regateó, hasta que el impresor sin conciencia, y mordiéndose de risa, bajó, y bajó, hasta cinco pesos, que era sin embargo el doble del precio legitimo.

Obtúvose la impresión; lleváronse unos pocos ejemplares á la tía devota, la cual, mediante la agencia de un motilón de San Francisco de la Cañada, (buscando mercado para la droga por espirarse entre gente baja mayor consumo), avisó luego el buen éxito de la empresa, entregando religiosamente el valor de lo vendido.

El felíz mercader anunciaba desde la puerta de calle, aun antes de descender de las alturas del Rocinante, y mostrando en alto, con la mano tendida, la abundante cosecha de cobres obtenida.

Arreciaba la brisa próspera, de día en día; la lluvia de verano de gotas gordas de cobres, se convertía en aguacero, hasta que soplando tres cuartos, la nave marchó viento en popa, y un día, no en la mano, ni en ambas, sinó sobre un talego, reposando sobre la delantera de la silla, anunció un tutti de cobres que habría servido de base á una otra especulación, cosa que empezó á tiamarse, viendo lo que pudiera emprender con aquella suma, y no como la hormiguita que se halló un maravedí, y sacaba sus cuentas para gozarlo sin disminuir su caudal, diciendo, ¡si compro pan, se me ha de acabar! compraré solimán…


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