La vida de Dominguito

La vida de Dominguito

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Ya vió el viento que soplaba, y tomando el asunto á lo serio y ofreciéndole asiento en el escritorio, prometióle no pedirle sinó lo justo, como era costumbre de la casa.

—¡Oh! pero á mí debe hacerme una rebaja por ser de la casa también. (Comían juntos)

—Bien, veamos de qué se trata.

Belin tomaba patas arriba y después patas abajo, la hoja de papel, torciendo el labio, como quien resulve un intrincado problema, y al fin preguntó, ¿cuántos ejemplares?

—Quinientos.

—¡Ah! quinientos cuestan mas caro que si fueran ciento, ¿no le parece, no es así?

—Por supuesto; pero yo necesito quinientos.

—¡Vamos! le costarán á Vd. diez pesos. Son tirados á ese precio.

Estaba el marchante prevenido, para no dejarse explotar por credulidad, y conocía el arte mercantil del roto chileno, que pide diez por lo que dan por dos, respondiendo á las primeras de camino al que le ofrece la mitad siquiera: —"ni robados que fueran… mas bien no me iga naa!" —siguiéndose una mímica de irse enfadado, volver al rato y proponer una pequeña rebaja, volverse á ir, y volver á volver, hasta que no cediendo la montaña, cede él, y vende con pérdida enorme, por hallarse con su mujer enferma.


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