El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I En conformidad con todo lo dicho, es un error de la ciencia natural el pretender reducir los grados superiores de objetividad de la voluntad a los inferiores; porque el desconocimiento y la negación de fuerzas originarias y existentes por sí mismas es tan erróneo como la suposición infundada de fuerzas peculiares allá donde simplemente se da una especial forma de fenómeno ya conocida. Con razón dice Kant que es absurdo esperar un Newton de la brizna de hierba, es decir, uno que redujese la brizna a fenómenos de fuerzas físicas y químicas de las que aquella fuera una concreción casual, o sea, un mero juego de la naturaleza en el que no se manifestaría ninguna idea peculiar, es decir, la voluntad no se revelaría inmediatamente en un grado superior y especial, sino solamente del modo en que lo hace en los fenómenos de la naturaleza inorgánica y casualmente en esa forma. Los escolásticos, que en modo alguno habrían permitido semejante cosa, habrían dicho con toda razón que se trataba de una total negación de la forma substantialis y su degradación a una mera forma accidentalis. Pues la forma substantialis de Aristóteles designa exactamente lo que yo llamo el grado de objetivación de la voluntad en una cosa. — Por otro lado, no hay que pasar por alto que en todas las ideas, es decir, en todas las fuerzas de la naturaleza inorgánica y todas las formas de la orgánica, es una y la misma voluntad la que se revela, es decir, ingresa en la forma de la representación, en la objetividad. De ahí que su unidad se tenga que dar a conocer por medio de una afinidad interna entre todos sus fenómenos. En los grados superiores de su objetividad en los que todo el fenómeno es más claro, esto es, en el reino vegetal y animal, esa afinidad se manifiesta a través de la radical analogía de todas las formas, el tipo fundamental que se vuelve a encontrar en todos los fenómenos: este se ha convertido así en el principio rector del excelente sistema zoológico realizado por los franceses en este siglo, y se demuestra de la forma más completa en la anatomía comparada como l’unité de plan, l’uniformité de l’élément anatomique[116]. Descubrirlo ha sido también una ocupación central o, al menos, el más encomiable intento de los filósofos naturales de la escuela de Schelling, que incluso poseen ahí algún mérito; si bien en muchos casos su búsqueda de analogías en la naturaleza degenera en mero alarde de ingenio. Mas con razón han demostrado aquella afinidad general y parecido de familia también en las ideas de la naturaleza inorgánica, por ejemplo, entre la electricidad y el magnetismo, cuya identidad fue constatada después, entre atracción química y gravedad, etc. Especial hincapié han hecho en que la polaridad, es decir, la disgregación de una fuerza en dos actividades cualitativamente distintas, contrarias y que aspiran a reunirse —fenómeno este que la mayoría de las veces se manifiesta también en el espacio por una separación en direcciones opuestas—, es un tipo fundamental de casi todos los fenómenos de la naturaleza, desde el imán y el cristal hasta el hombre. Sin embargo, en China ese conocimiento es común desde los tiempos más antiguos, y se encuentra en la doctrina de la oposición del Yin y el Yang[117].—Precisamente porque todas las cosas del mundo son la objetividad de una y la misma voluntad y, por consiguiente, son idénticas en su esencia interna, no solo ha de existir aquella innegable analogía entre ellas y en cada una de las más imperfectas ha de mostrarse ya la huella, la indicación y el esbozo de otra más perfecta próxima a ella; sino que también, dado que todas aquellas formas pertenecen únicamente al mundo como representación, se puede incluso admitir que ya en las formas más generales de la representación, en ese verdadero andamiaje del mundo fenoménico, es decir, en el espacio y el tiempo, se puede descubrir y demostrar el tipo fundamental, la indicación, el esbozo de todo lo que llena las formas. Un oscuro conocimiento de ello parece haber sido el que dio origen a la Cábala y a toda la filosofía matemática de los pitagóricos, como también la de los chinos en el I Ching: y también en aquella escuela de Schelling, dentro de sus variados intentos de sacar a la luz la analogía entre todos los fenómenos de la naturaleza, encontramos también algunos intentos, bien que desafortunados, de deducir leyes naturales a partir de las meras leyes del espacio y el tiempo. Sin embargo, no se puede saber hasta qué punto una mente genial llegará alguna vez a hacer realidad ambos intentos.