El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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La belleza humana se explicó antes como la más perfecta objetivación de la voluntad en el grado superior de su cognoscibilidad. Se expresa a través de la forma: y esta se halla únicamente en el espacio sin una relación necesaria con el tiempo, como es la que tiene, por ejemplo, el movimiento. En ese sentido podemos decir: la adecuada objetivación de la voluntad a través de un fenómeno meramente espacial es belleza en el sentido objetivo. La planta no es sino un fenómeno tal de carácter meramente espacial; porque a la expresión de su esencia no pertenece ningún movimiento ni, por lo tanto, relación alguna con el tiempo (prescindiendo de su desarrollo): su mera forma expresa toda su esencia y la expone abiertamente. El animal y el hombre, en cambio, necesitan una serie de acciones para revelar plenamente la voluntad que en ellos se manifiesta, por lo que esa manifestación recibe en ellos una referencia inmediata al tiempo. Todo esto se explicó ya en el libro anterior y se vincula a nuestra consideración presente por lo que sigue. Así como el fenómeno meramente espacial de la voluntad puede objetivarla en cada grado determinado con mayor o menor perfección, lo cual constituye precisamente la belleza o fealdad, también la objetivación temporal de la voluntad, es decir, la acción y en particular la más inmediata, el movimiento, puede adecuarse a la voluntad que en ella se objetiva de forma pura y plena, sin mezcla de nada extraño, sin exceso ni defecto, y expresando únicamente el determinado acto de voluntad; — o también puede ocurrir a la inversa. En el primer caso el movimiento se produce con gracia; en el otro, sin ella. Así pues, del mismo modo que la belleza es la adecuada representación de la voluntad en general a través de su fenómeno meramente espacial, la gracia es la adecuada representación de la voluntad a través de su fenómeno temporal, es decir, la expresión plenamente acertada y conveniente de cada acto de la voluntad por medio del movimiento y la posición que la objetivan. Puesto que el movimiento y la posición presuponen ya el cuerpo, resulta totalmente correcta y acertada la expresión de Winckelmann cuando dice: «La gracia es la peculiar relación de la persona que actúa con la acción» (Obras, vol. 1, p. 258). Se infiere por sí mismo que a las plantas se les puede atribuir belleza pero no gracia, a no ser en sentido figurado; a los animales y los hombres, en cambio, se les pueden atribuir ambas, la belleza y la gracia. Según lo dicho, la gracia consiste en que cada movimiento y posición se ejecutan de la forma más ligera, conveniente y cómoda, siendo así la expresión adecuada de su intención o del acto de voluntad, sin exceso, como ocurre en las maniobras impropias y sin significado o en las posturas torcidas, y sin defecto, como en la rigidez de palo. La gracia presupone como condición una correcta proporción de todos los miembros, una constitución corporal regular y armónica; porque solo en virtud de ella es posible la perfecta agilidad y la patente oportunidad de todas las posturas y movimientos: así pues, la gracia no se da nunca sin un cierto grado de belleza corporal. Cuando ambas se presentan plenamente y en unión constituyen el más claro fenómeno de la voluntad en el grado superior de su objetivación.


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