El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Pero si ese traspasar el principium individuationis, ese conocimiento inmediato de la identidad de la voluntad en todos sus fenómenos, se da en un alto grado de claridad, mostrará enseguida una influencia de mucho mayor alcance sobre la voluntad. En efecto, si ante los ojos de un hombre aquel velo de Maya, el principium individuationis, se ha levantado tanto que ese hombre no hace ya una diferencia egoísta entre su persona y la ajena sino que participa del sufrimiento de los demás individuos tanto como del suyo propio, y así no solamente es compasivo en sumo grado sino que incluso está dispuesto a sacrificar su propia individualidad tan pronto como haya que salvar con ello a varios individuos ajenos, de ahí se deduce por sí mismo que ese hombre, que se reconoce en todos los seres a sí mismo, su más íntimo y verdadero yo, también considera como suyos los infinitos sufrimientos de todo lo viviente y se apropia así del dolor del mundo entero. Ningún sufrimiento le resulta ya ajeno. Todos los tormentos ajenos que él ve y tan raras veces es capaz de mitigar, todas las penas de las que él tiene noticia indirecta o incluso conoce simplemente como posibles, actúan sobre su espíritu igual que las suyas propias. Lo que él tiene a la vista no es ya el cambiante placer y dolor de su persona tal y como ocurre en el hombre aún sumido en el egoísmo, sino que todo le resulta igualmente cercano porque ha traspasado el principium individuationis. Él conoce el todo, comprende su ser y lo encuentra condenado a un constante perecer, una vana aspiración, un conflicto interno y un sufrimiento permanente; allá donde mira ve hombres y animales que sufren y un mundo que se desvanece. Y todo eso le resulta ahora tan cercano como al egoísta su propia persona. ¿Cómo teniendo tal conocimiento habría de afirmar esa vida con continuos actos de voluntad y justamente así vincularse y aferrarse a ella cada vez con mayor firmeza? Así pues, aquel que se halla todavía inmerso en el principium individuationis, en el egoísmo, solo conoce cosas individuales y las relaciones de estas con su propia persona, y aquellas se convierten en motivos siempre nuevos de su querer; en cambio, aquel conocimiento que se ha descrito de la totalidad, del ser de las cosas en sí, se convierte en aquietador de todo querer. Ahora la voluntad se aparta de la vida y siente escalofríos ante sus placeres, en los que reconoce su afirmación. El hombre llega al estado de la renuncia voluntaria, de la resignación, de la verdadera serenidad y la plena ausencia de querer. — Los demás, que aún estamos rodeados del velo de Maya, también en ciertos momentos, cuando padecemos graves sufrimientos o los vemos de cerca en los demás, nos aproximamos al conocimiento de la nihilidad y la amargura de la vida; y con una renuncia total y decidida para siempre arrancamos el aguijón de los deseos, cerramos el camino a todo sufrimiento y buscamos la purificación y la santidad. Pero enseguida nos seduce de nuevo el engaño del fenómeno, y sus motivos vuelven a poner en marcha la voluntad: no podemos liberarnos. Las tentaciones de la esperanza, los halagos del presente, la dulzura de los placeres, el bienestar que toca en suerte a nuestra persona en medio de la miseria de un mundo que sufre y bajo el dominio del azar y el error, tira de nosotros y asegura de nuevo los lazos. Por eso dice Jesús: «Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos»[307].