Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Pero esa queja no está realmente justificada: pues nace de una ilusión, producida por la falsa opinión de que la totalidad de las cosas ha surgido de un intelecto y, por consiguiente, ha existido como mera representación antes de llegar a ser real; según eso, al haberse originado en el conocimiento, este tendría que poder acceder plenamente a ellas, sondearlas y agotarlas. — Pero, de acuerdo con 102 la verdad, podría ser más bien que todo lo que nos lamentamos de no saber no sea sabido por nadie y de hecho sea en sí mismo incognoscible, es decir, irrepresentable. Pues la representación, en cuyo dominio se encuentra todo conocer y a la que, por tanto, se refiere todo saber, no es más que el lado externo de la existencia, algo secundario y añadido; en concreto, algo que no era necesario para el sostenimiento de las cosas en general, es decir, de la totalidad del mundo, sino únicamente para la conservación de los seres animales individuales. De ahí que la existencia de las cosas en general y en conjunto entre en el conocimiento solamente per accidens y, por tanto, de forma muy limitada: no constituye más que el fondo de la pintura en la conciencia animal, en la que los objetos de la voluntad son lo esencial y ocupan el primer rango. Bien es cierto que a través de ese accidente surge la totalidad del mundo en el espacio y el tiempo, es decir, el mundo como representación, que no tiene una existencia semejante fuera del conocimiento; en cambio, su ser interno, lo que existe en sí, es totalmente independiente de tal existencia. Y dado que, como se dijo, el conocimiento no existe más que a efectos de la conservación de cada individuo animal, también su naturaleza y todas sus formas, como el tiempo, el espacio, etc., están ordenadas exclusivamente para tales fines: y estos requieren simplemente que se conozcan las relaciones entre fenómenos individuales, y en modo alguno el ser de las cosas y la totalidad del mundo.