Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Las bufonadas de los filósofos naturales de la escuela de Schelling, por un lado, y los resultados del empirismo, por otro, han originado en muchos tal horror a los sistemas y las teorías, que esperan que todos los progresos de la física vengan de las manos sin intervención de la mente; es decir, prefieren limitarse a experimentar sin pensar nada mientras tanto. Piensan que su aparato físico o químico debe pensar en lugar de ellos y debe enunciar la verdad en el lenguaje de los meros experimentos. Con ese fin se acumulan hasta el infinito los experimentos, y en ellos, a su vez, las condiciones; de modo que se opera con experimentos sumamente complicados y al final hasta totalmente enrevesados, es decir, tales que en modo alguno pueden ofrecer un resultado nítido y claro pero han de apretar las clavijas a la naturaleza para obligarle a hablar; mientras que el investigador auténtico y que piensa por sí mismo dispone sus experimentos con la mayor simplicidad posible a fin de oír con nitidez el claro testimonio de la naturaleza y juzgar de acuerdo con él: pues la naturaleza se presenta siempre como un mero testigo. Ejemplos de lo dicho los ofrece ante todo la parte cromatológica de la óptica con inclusión de la teoría de los colores fisiológicos, tal y como ha sido tratada por los franceses y los alemanes en los últimos veinte años.