Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II A dónde conduce el pensar sin experimentar nos lo ha mostrado la Edad Media: pero este siglo está destinado a hacernos ver a dónde conduce el experimentar sin pensar y cuál es el resultado cuando la instrucción de la juventud se limita a la física y la química. Solo a partir de la completa ignorancia de la filosofía kantiana que han tenido desde siempre los franceses y los ingleses, y de su abandono y olvido por parte de los alemanes desde el proceso de embrutecimiento hegeliano, se puede explicar la increíble grosería de la física mecánica actual, cuyos adeptos pretenden reducir toda fuerza natural de tipo superior —la luz, el calor, la electricidad, el proceso químico, etc.— a las leyes del movimiento, el choque y la presión, así como a configuración geométrica, a sus átomos imaginarios, a los que en la mayoría de los casos llaman de manera desvergonzada «moléculas»; y, con la misma desvergüenza, en sus explicaciones pasan a hacer otro tanto[142] con la gravedad y también deducen esta, à la Descartes, de un choque, a fin de que no haya más que golpear y ser golpeado, lo único comprensible para ellos. Lo más divertido es cuando hablan de las moléculas del aire o de su oxígeno. Según eso, los tres estados de agregación serían simplemente un polvo más fino, otro aún más y otro todavía más. Esto les resulta comprensible. Esas gentes, que han experimentado mucho y pensado poco, así que son realistas de la clase más burda, consideran la materia y las leyes del choque algo dado absolutamente y comprensible hasta el fondo; de modo que una reducción a ellas les parece una explicación plenamente satisfactoria, si bien en verdad aquellas cualidades mecánicas son justo tan misteriosas como las que se deben explicar con ellas; de ahí que, por ejemplo, no entendamos la cohesión mejor que la luz o la electricidad. El excesivo trabajo de experimentación aleja realmente a nuestros físicos de pensar como de leer: olvidan que los experimentos nunca pueden ofrecer la verdad misma sino solamente los datos para descubrirla. Análogos a ellos son los fisiólogos, que niegan la fuerza vital y pretenden sustituirla por fuerzas químicas. —