Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Puede que sea aquí oportuna una hipótesis sobre la superficie de la Luna, ya que no me puedo decidir a rechazarla; aunque veo bien las dificultades a las que está sometida y solamente la considero y comunico como una osada conjetura. Es la siguiente: que en la Luna el agua no está ausente sino congelada, ya que la falta de una atmósfera origina un frío casi absoluto que ni siquiera permite la evaporación del hielo que en otros casos es favorecida por ella. En efecto con el pequeño tamaño de la Luna —una cuarentainueveava parte del volumen y una ochentaiochoava parte de la masa de la Tierra—, hemos de considerar que su fuente de calor interno está agotada o, al menos, ya no actúa sobre la superficie. Del Sol no recibe más calor que la Tierra. Pues aunque una vez al mes se acerca a él el equivalente a su distancia de nosotros, y además siempre vuelve hacia él la cara que siempre nos aparta a nosotros, según Madler esa cara solamente recibe un uno por ciento más de iluminación (y, por lo tanto, también de calor) que la que vuelve a nosotros; esta última nunca se encuentra en ese caso sino, más bien en el contrario: en concreto, cuando después de catorce días se ha vuelto a alejar del Sol en la misma distancia a la que estamos de ella. Así pues, no podemos suponer una acción de calentamiento del Sol sobre la Luna mayor de la que tiene sobre la Tierra; e incluso podemos admitir una más débil, ya que dura catorce días en cada cara pero luego es interrumpida por una noche de la misma duración que impide la acumulación de su efecto. — Pero todo calentamiento mediante la luz del Sol depende de la presencia de una atmósfera. Pues se produce exclusivamente en virtud de la metamorfosis de la luz en calor, que surge cuando se encuentra con un cuerpo opaco, es decir, que le resulta impenetrable en cuanto luz: en efecto, un cuerpo así no puede atravesarlo en su veloz curso rectilíneo, como hace con los cuerpos transparentes a través de los cuales ha llegado hasta él: entonces se transforma en calor que se eleva y extiende en todas direcciones. Mas este, en cuanto absolutamente ligero (imponderable), ha de ser cohibido y comprimido por la presión de una atmósfera, o en otro caso se disipa ya en cuanto se produce. Pues tan velozmente como la luz en su naturaleza radiante original corta el aire, así de lenta es su marcha cuando, convertida en calor, ha de vencer el peso y la resistencia de ese mismo aire que, como se sabe, es el peor de todos los conductores del calor. En cambio, cuando está enrarecido el calor se escapa más fácilmente; y si falta por completo, el calor escapa al instante. Por eso las altas montañas, donde la presión de la atmósfera está reducida a la mitad, están cubiertas de nieves eternas, mientras que los valles profundos cuando son largos son los más cálidos: ¡qué habrá de ser donde falte la i4i atmósfera! Así pues, con respecto a la temperatura tendríamos que suponer sin reparo que toda el agua de la Luna está congelada. Pero entonces surge la dificultad de que, así como la rarefacción de la atmósfera favorece la ebullición y disminuye el grado de la misma, su total ausencia ha de acelerar mucho el proceso de evaporación en general, con lo cual el agua congelada de la Luna tendría que haberse evaporado hace tiempo. Esa dificultad se elude teniendo en cuenta que toda evaporación, aun en el espacio sin aire, se produce únicamente en virtud de una considerable cantidad de calor que se hace latente precisamente a través de ella. Pero ese calor falta en la Luna, donde el frío ha de ser casi absoluto; porque el calor que se desarrolla a través de la acción inmediata de los rayos solares se disipa al instante, y la pequeña evaporación que acaso pudiera originar se vuelve a condensar enseguida con el frío, igual que la escarcha[164]. Pues ya en la nieve de los Alpes, que no desaparece ni por evaporación ni por deshielo, vemos que la rarefacción del aire, por mucho que en sí misma favorezca la evaporación, la impide aún en mayor medida al permitir que escape el calor necesario para ella. En el caso de una total ausencia de aire, la fuga instantánea del calor que se desarrolla dificultará la evaporación en la misma proporción en que la favorece en sí misma la falta de la presión del aire. — Según esta hipótesis, tendríamos que considerar que toda el agua de la Luna está convertida en hielo, y que toda la enigmática parte gris de su superficie, que siempre se ha designado como maria, es agua congelada[165]; entonces sus múltiples accidentes no supondrían ninguna dificultad y las hendiduras tan llamativas, profundas y en su mayoría rectas que la atraviesan se podrían explicar como amplias grietas en el hielo quebrado, interpretación esta que es muy favorable a su forma[166].


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