Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Por una parte, hay que convenir en que todos aquellos procesos físicos, cosmogónicos, químicos y geológicos, dado que tuvieron que preceder necesariamente a la irrupción de una conciencia en cuanto condiciones suyas, existieron también antes de esa irrupción, es decir, fuera de una conciencia; pero, por otra parte, no se puede negar que justo los mencionados procesos, puesto que no pueden presentarse más que en esas formas y a través de ellas, fuera de una conciencia no son absolutamente nada, no se pueden ni siquiera pensar. A lo sumo se podría decir: la conciencia condiciona los procesos físicos en cuestión según sus formas; pero a su vez está condicionada por ellos según su materia. No obstante, en el fondo todos aquellos procesos que la cosmogonía y la geología nos obligan a suponer acontecidos mucho antes de la existencia de algún ser cognoscente no son más que una traducción al lenguaje de nuestro intelecto intuitivo del ser en sí de las cosas no comprensible para él. Pues aquellos acontecimientos nunca han tenido una existencia en sí misma, no más que los actuales, sino que a ellos conduce el regressus de la mano de los principios a priori de toda experiencia posible, siguiendo algunos datos empíricos: mas el regreso mismo no es más que el encadenamiento de una serie de meros fenómenos que no poseen una existencia incondicionada[169]. De ahí precisamente que aquellos procesos en su existencia empírica, dentro de toda iso la corrección mecánica y la exactitud matemática de las determinaciones de su irrupción, conserven un núcleo oscuro, algo así como un complicado secreto que está al acecho en segundo término; ese secreto se halla en las fuerzas naturales que se manifiestan en ellos, en la materia originaria que los soporta y en la existencia necesariamente carente de comienzo, es decir, inconcebible, de esta: — un núcleo oscuro que es imposible de dilucidar por vía empírica; por eso ha de presentarse aquí la metafísica, que en nuestro propio ser nos da a conocer el núcleo de todas las cosas como voluntad. En este sentido ha dicho también Kant: «Es evidente que las fuentes primarias de las acciones de la naturaleza han de ser un asunto de la metafísica» {De la verdadera estimación de las fuerzas vivas, § 51). Así pues, considerado desde el punto de vista en el que estamos instalados, que es el de la metafísica, aquella explicación física del mundo lograda con tanto esfuerzo e ingenio parece insuficiente y hasta superficial, y en cierta medida se convierte en una simple explicación de apariencias; porque consiste en una reducción a magnitudes desconocidas, a qualitates occultae. Es una simple fuerza de superficie que no penetra hasta el interior, comparable a la electricidad; o incluso al papel moneda, que solo tiene valor relativo, bajo el supuesto de otra cosa. Remito aquí a la detenida exposición de esa relación en mi obra principal, volumen 2, capítulo 17, pp. 173 ss. [3.a ed., pp. 191 ss.]. Hay en Alemania triviales empiristas que pretenden hacer creer a su público que no hay nada en absoluto más que la naturaleza y sus leyes. Eso no es así: la naturaleza no es cosa en sí ni sus leyes son absolutas.


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