Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Por lo demás, la relación de los últimos resultados de la geología con mi metafísica se podría expresar brevemente como sigue: en el periodo más arcaico de la esfera terrestre, que fue anterior al del granito, la objetivación de la voluntad de vivir se limitó a sus grados inferiores, es decir, a las fuerzas de la naturaleza inorgánica; ahí se manifestó a la mayor escala y con ciega impaciencia, por cuanto los elementos ya químicamente diferenciados entraron en un conflicto cuyo escenario no fue la mera corteza terrestre sino toda la masa del planeta, y cuyos fenómenos tuvieron que ser tan colosales que ninguna imaginación es capaz de alcanzarlos. Los despliegues de luz que acompañaron aquellos formidables procesos químicos habrán sido visibles desde todos los planetas de nuestro sistema, mientras que las detonaciones que se produjeron, que 152 habrían hecho estallar cualquier oído, no pudieron traspasar la atmósfera. Una vez que por fin se calmó esa guerra de titanes y el granito cubrió a los combatientes como losa sepulcral, y después de una adecuada pausa y del interludio de las sedimentaciones de Neptuno, la voluntad de vivir, en máximo contraste con lo anterior, en el grado siguiente se manifestó en la muda y tranquila vida de un simple mundo de plantas; este, sin embargo, se presentó también en colosal medida, en los altísimos e interminables bosques cuyos restos, tras miríadas de años, nos abastecen de un inagotable acopio de carbón. Ese mundo de plantas también descarbonizó poco a poco el aire, con lo que este llegó a hacerse apto para la vida animal. Hasta entonces duró la larga y profunda paz de ese periodo sin animales, que terminó finalmente con una revolución natural que destruyó aquel paraíso de plantas sepultando los bosques. Dado que entonces el aire se había vuelto puro, surgió el tercer grado de objetivación de la voluntad de vivir: en el mundo animal: peces y cetáceos en el mar; en tierra, aún meros reptiles, pero colosales. De nuevo cayó el telón del mundo y siguió entonces la objetivación superior de la voluntad, en la vida de los animales terrestres de sangre caliente; si bien sus genera no existen ya y en su mayoría eran paquidermos. Tras una nueva destrucción de la superficie terrestre con todos sus seres vivos, se volvió a encender la vida al objetivarse la voluntad de la misma en un mundo animal que ofrecía unas formas mucho más numerosas y variadas, cuyas species no existen ya, pero sí sus genera. Esa objetivación, que se hizo más perfecta gracias a la cantidad y diversidad de sus formas, ascendió ya hasta el mono. Pero también ese, el último de los mundos anteriores, tuvo que sucumbir a fin de hacer sitio en un suelo renovado a la población actual, en la que la objetivación ha alcanzado el nivel de la humanidad. Por consiguiente, la Tierra es comparable a un palimpsesto[170] escrito cuatro veces. — Una interesante consideración marginal a esto consiste en recordar que cada uno de los planetas que giran alrededor de los innumerables soles en el espacio, aun cuando se encuentre todavía en su estadio químico, donde es escenario de la terrible lucha de las más brutales potencias, o en las calladas pausas intermedias, ya alberga en su interior las misteriosas fuerzas de las que una vez nacerán el mundo vegetal y el animal en la inagotable variedad de sus formas; unas fuerzas de las que aquella lucha es un simple preludio, ya que les prepara el escenario y dispone las condiciones de su aparición. De hecho, apenas podemos por menos que admitir que es lo mismo lo que ahora brama en aquella marea de fuego y agua y más tarde dará vida a aquella flora y fauna. Pero el último grado es el de la humanidad; a mi parecer, tiene que ser el último, porque en él ya ha aparecido la posibilidad de negar la voluntad, es decir, de invertir todo el impulso; con lo que entonces esa divina commedia alcanza su fin. Por consiguiente, aun cuando ninguna razón física garantice que no se produzca una nueva catástrofe mundial, a ella se opone una razón moral: que ahora sería inútil, ya que la esencia interior del mundo no necesita una objetivación superior para hacer posible su salvación. Pero lo moral es el núcleo o el bajo fundamental del asunto, por poco que los simples físicos puedan entenderlo.