Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II De ahí se deduce que si Goethe hubiera descubierto mi teoría fisiológica de los colores, que es la fundamental y esencial, habría tenido en ella un fuerte apoyo de su punto de vista físico y además no habría caído en el error de negar la posibilidad de formar el blanco a partir de los colores, cuando la experiencia da testimonio de ella, aunque únicamente en el sentido de mi teoría y nunca en el de la de Newton. Pero aunque Goethe había reunido la integridad de los materiales para la teoría fisiológica del color, fracasó en el descubrimiento de la teoría misma que, sin embargo, es lo fundamental, la verdadera cuestión principal. — Mas eso se puede explicar ya por la naturaleza de su espíritu: en efecto, era demasiado objetivo para eso. Chacun a les défauts de ses vertus[200], debe de haber dicho en alguna parte madame George Sand. Precisamente la asombrosa objetividad de su espíritu, que imprime en todos sus poemas el sello de la genialidad, le supuso un estorbo cuando se trataba de volver sobre el sujeto, aquí el ojo que ve, para agarrar en él los últimos hilos de los que depende todo el fenómeno del mundo del color; mientras que yo, en cambio, procedente de la escuela kantiana, poseía la preparación máxima para satisfacer esa exigencia: de ahí que un año después de haberme liberado de la influencia personal de Goethe pudiera descubrir la verdadera, fundamental e irrefutable teoría del color. El afán de Goethe era comprender e interpretar todo de forma puramente objetiva: pero pensó que con eso había cumplido su misión y no fue capaz de ir más allá. A eso se debe el que en su teoría del color encontremos a veces una mera descripción allá donde esperábamos una explicación. Y así, también aquí le pareció que lo último que se podía alcanzar era una interpretación correcta y completa de los pormenores objetivos del asunto. En consecuencia, la verdad suprema y más general de toda su teoría del color es un hecho manifiesto y objetivo que él denomina con todo acierto fenómeno originario. Con eso consideró que estaba todo hecho: el fin último para él era siempre un correcto «así es», sin que se le hubiera reclamado un «así tiene que ser». Incluso pudo burlarse: