Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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El filósofo, que entra

Y os demuestra que así ha de ser[201].

Desde luego, él era un poeta y no un filósofo, es decir, alguien animado —o poseído: como se quiera— por el afán de buscar las razones últimas y las más íntimas conexiones de las cosas. Pero precisamente por eso me ha tenido que dejar a mí la mejor cosecha tardía, por cuanto solo en mí se pueden encontrar las más importantes explicaciones sobre la esencia de los colores, así como la satisfacción última y la clave de todo lo que Goethe enseña. En consecuencia, su fenómeno originario no merece ya ese nombre una vez que yo lo he deducido de mi teoría, tal y como antes lo he señalado brevemente. Pues no es, como él lo consideró, algo estrictamente dado y que se sustraiga para siempre a toda explicación: antes bien, no es más que la causa que según mi teoría se requiere para suscitar el efecto, es decir, la división de la actividad de la retina. El verdadero fenómeno originario es exclusivamente esa capacidad orgánica de la retina de separar su actividad nerviosa en dos mitades cualitativamente opuestas, unas veces iguales y otras desiguales, y hacerlas aparecer sucesivamente. Por supuesto, aquí nos debemos parar, ya que en adelante a lo sumo se pueden alcanzar a ver causas finales, como nos ocurre constantemente en la fisiología: por ejemplo, que con el color tenemos un medio más de distinguir y conocer las cosas.


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