Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Mas el peor rasgo en la naturaleza humana sigue siendo el sadismo [Schadenfreude], que se halla estrechamente emparentado con la crueldad y en realidad solo se distingue de ella como la teoría de la praxis; en general aparece allá donde debería encontrar su lugar la compasión que, como su opuesta, constituye la verdadera fuente de toda justicia y caridad auténticas. Opuesta en otro sentido a la compasión es la envidia, en tanto que es suscitada por el motivo contrario: su oposición a la compasión se basa, pues, ante todo en el motivo, y únicamente como consecuencia de él se muestra también en la sensación misma. Precisamente por eso la envidia, aunque reprobable, es disculpable y absolutamente humana, mientras que el sadismo es diabólico y su escarnio es la risa del infierno. Aparece, como se ha dicho, justo allá donde debería aparecer la compasión; la envidia, en cambio, únicamente allá donde no existe ningún motivo para esta sino más bien para su contrario; y precisamente como tal contraria surge en el pecho del hombre, por lo que en esa medida es un sentimiento humano: de hecho, temo que nadie se encuentre totalmente libre de ella. Pues es natural y hasta inevitable que el hombre, al ver el placer y la posesión ajenos, sienta con amargura la carencia propia: mas eso no debería despertar el odio hacia el afortunado: sin embargo, precisamente en eso consiste la verdadera envidia. Pero menos aún debería suscitarse cuando el motivo no son los dones de la fortuna, del azar o del favor ajeno sino los de la naturaleza; porque todo lo innato se basa en una razón metafísica, tiene una legitimidad de tipo superior y es, por así decirlo, por la gracia de Dios. Mas, por desgracia, la envidia actúa a la inversa: es máximamente irreconciliable con los méritos personales[231]; de ahí que el entendimiento y el genio tengan que mendigar perdón al mundo siempre que no estén en situación de poder despreciarlo con orgullo y osadía. En efecto, si la envidia se ha excitado simplemente por la riqueza, el rango o el poder, a menudo será amortiguada por el egoísmo, ya que este alcanza a ver que en un caso dado se puede esperar del envidiado ayuda, placer, apoyo, protección, promoción, etc.; o que al menos, al tratar con él, podrá uno mismo disfrutar de honores, alumbrado por el reflejo de su distinción: y también queda aquí la esperanza de lograr alguna vez todos aquellos bienes. En cambio, para la envidia dirigida a los dones naturales y los méritos personales, como la belleza en las mujeres y el ingenio en los hombres, no existe consuelo de una clase ni esperanza de la otra; de modo que no le queda más que odiar amarga e irreconciliablemente a quien posee tales ventajas. De ahí que su único deseo sea vengarse de su objeto. Pero aquí se encuentra en la desafortunada situación de que todos sus golpes resultan impotentes tan pronto como se pone de manifiesto que han partido de ella. Por eso se oculta con tanto cuidado como las secretas horas de lujuria, y se convierte en una inagotable inventora de ardides, intrigas y tretas para esconderse y enmascararse, a fin de herir a su objeto sin ser visto. Así, por ejemplo, ignorará con el gesto más imparcial los méritos que consumen su corazón, no los verá ni los conocerá, no los habrá notado nunca ni habrá oído de ellos, y así será una maestra del disimulo. A aquel cuyas brillantes cualidades corroen su corazón, aparentará con gran finura que lo ha pasado por alto como irrelevante, que no se ha percatado de él y, en ocasiones, que lo ha olvidado por completo. Pero ante todo, con ocultas maquinaciones se esforzará en privar a aquellos méritos de cualquier ocasión de mostrarse y hacerse conocer. Luego, desde la oscuridad lanzará sobre ellos censura, escarnio, mofa y calumnia, igual que el sapo lanza su veneno desde la madriguera. En no menor medida elogiará con entusiasmo a hombres insignificantes, o también las producciones mediocres e incluso malas del mismo género. En suma, se convertirá en un Proteo de la estratagema para poder herir sin mostrarse. ¿Pero de qué sirve? El ojo ejercitado la conoce. La delatan ya el miedo y la huida de su objeto, que por eso mismo se encuentra más solo cuanto más brillante es: de ahí que las muchachas bellas no tengan amigas; la delata su odio sin motivo alguno, que a la menor ocasión, a menudo simplemente imaginada, explota con la mayor violencia. Por lo demás, lo extensa que es su familia se conoce en el general elogio de la modestia, esa astuta virtud inventada en favor de la burda vulgaridad, que no obstante, y justamente a través de la necesidad que en ella se revela de ser indulgente con la miseria, la pone directamente de manifiesto. — Desde luego, nada puede haber más lisonjero a nuestro sentimiento de dignidad personal y nuestro orgullo que ver la envidia aguardando en su escondite y haciendo sus maquinaciones; sin embargo, no olvidemos nunca que donde hay envidia el odio la acompaña, y guardémonos de permitir que del envidioso resulte un falso amigo. Por eso su descubrimiento es de importancia para nuestra seguridad. Y de ahí que debamos estudiarla para descubrir sus secretos; porque la envidia, que en todas partes se puede encontrar, se introduce siempre incognito, o bien acecha en el oscuro agujero como el sapo venenoso. Pero no merece indulgencia ni compasión, sino que la regla de conducta ha de ser:


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