Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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El aludido reconocimiento de la verdadera esencia propia en un individuo ajeno que se nos presenta objetivamente, se pone de relieve con especial belleza y claridad en los casos en que un hombre que está ya sin remedio en brazos de la muerte piensa aún con inquieta preocupación y activo celo en el bienestar y la salvación de otros. De este tipo es la conocida historia de una criada que una noche fue mordida en el patio por un perro rabioso y, dándose por perdida sin remedio, agarró al perro, lo arrastró a la cuadra y la cerró con llave para que ningún otro fuera víctima de él. También aquel suceso en Nápoles que ha inmortalizado Tischbein en una de sus acuarelas: el hijo lleva a su anciano padre a hombros, huyendo de la lava que se precipita rápidamente hacia el mar: pero cuando una estrecha línea de tierra separa los dos elementos destructivos, el padre dice al hijo que lo suelte y se salve corriendo, ya que de lo contrario ambos están perdidos. El hijo obedece y al separarse lanza una mirada de despedida a su padre. Eso es lo que representa la pintura. También es de ese tipo el hecho histórico que presenta con su mano maestra Walter Scott en El corazón de Mid-Lothian, capítulo 2, sobre dos delincuentes condenados a muerte, uno de los cuales, que por su descuido había causado el encarcelamiento del otro, estando en la iglesia, después del sermón de las postrimerías, lo libera felizmente sujetando con fuerza a los guardianes sin hacer intento alguno en su propio favor. También se puede contar aquí, aunque pueda resultar escandaloso al lector occidental, la escena representada en un grabado de cobre que se repite con frecuencia y en el que el soldado, que está ya hincado de rodillas para ser fusilado, ahuyenta insistentemente con la capa a su perro, que quiere ir con él. — En todos los casos de esta clase vemos que un individuo que se enfrenta con plena certeza a su inmediata aniquilación personal deja de pensar en su propia conservación para dirigir todo su cuidado y esfuerzo a la de otro. ¿Cómo podría expresarse con mayor claridad la conciencia de que esa aniquilación lo es solamente de un fenómeno y, por lo tanto, es ella misma fenómeno, mientras que el verdadero ser del que perece queda intacto ante ella, continúa en el otro, en el cual él se reconoce claramente, tal y como delata su acción? Pues si no fuera así y tuviéramos ante nosotros un ser al borde de la aniquilación real, ¿cómo podría demostrar un interés tan íntimo en el bienestar y la conservación de otro, con el máximo empeño de sus últimas fuerzas? —


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