Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II En cambio, vemos que en los Estados Unidos de América intentan arreglárselas sin ningún fundamento arbitrario y hacer que prevalezca el derecho sin alteración, puro y abstracto. Mas el resultado no es atrayente: pues, con toda la prosperidad material del país, en él encontramos que el sentimiento imperante es el vil utilitarismo junto con su inevitable compañera, la ignorancia, que ha allanado el camino a la estúpida mojigatería anglicana, a la tonta arrogancia y a la brutal tosquedad, en unión con la necia veneración a las mujeres. Y hay incluso cosas peores que están allí a la orden del día: la atroz esclavitud de los negros ligada a la extrema crueldad con los esclavos, la injusta opresión de los negros libres, la lyncklaw[260], el asesinato a traición, frecuente y a menudo impune, los duelos de brutalidad inaudita, en ocasiones la burla abierta del derecho y las leyes, el repudio de deudas públicas, la indignante estafa política de una provincia vecina, de la que resultó la codiciosa invasión del rico país limítrofe; una invasión que después tuvo que ser disimulada desde las altas instancias mediante falsedades que todo el mundo en el país sabe que lo son y se burla de ellas. A todo eso se añade aún la oclocracia[261] creciente y, por último, el influjo totalmente nocivo que puede ejercer sobre la moralidad privada la mencionada negación de la justicia en las altas esferas. Así pues, esta muestra de una constitución basada puramente en el derecho en el otro lado del planeta dice muy poco en favor de las repúblicas; pero aún menos sus imitaciones en México, Guatemala, Colombia y Perú. Un inconveniente de las repúblicas, muy especial y al mismo tiempo paradójico, es este: que en ellas a las mentes superiores les ha de resultar más difícil acceder a altos puestos, y con ello lograr un influjo político inmediato, que en las monarquías. Pues en todas partes, siempre y en todas las situaciones hay mentes totalmente obtusas, débiles y vulgares que se conjuran o se alian instintivamente contra esas mentes superiores como contra su enemigo natural, y se mantienen firmemente unidas por su común temor ante ellas. En una constitución republicana a su grupo siempre numeroso le resulta fácil reprimir y excluir a las mentes superiores a fin de no ser aventajado por ellas; siempre son, y aquí con el mismo derecho original, cincuenta contra uno. Por el contrario, en la monarquía esa liga natural de las mentes obtusas contra las privilegiadas no existe más que por un lado: por abajo; por arriba, en cambio, el entendimiento y el talento tienen una recomendación y un protector natural. Pues, en primer lugar, el monarca mismo está demasiado alto y demasiado firme como para temer la competencia de alguien: además, él sirve al Estado más con su voluntad que con su mente, que nunca puede estar a la altura de tantas exigencias. Así pues, tiene que servirse de mentes ajenas; y, naturalmente, en vista de que su interés está firmemente unido al del país, que es inseparable e idéntico a él, preferirá y favorecerá a los mejores, ya que son para él los instrumentos más idóneos; solo le hará falta poder encontrarlos, lo cual no es difícil si se busca con franqueza. Igualmente, los ministros tienen una ventaja sobre los políticos principiantes demasiado grande como para tener que mirarlos con envidia y, por razones análogas, preferirán las mentes destacadas y las pondrán en acción para hacer uso de sus fuerzas. De este modo, en las monarquías el entendimiento sigue teniendo muchas más oportunidades frente a su enemiga irreconciliable y omnipresente, la estupidez, que en las repúblicas. Y esa ventaja es grande.