Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En virtud de la forma cognoscitiva del tiempo, el hombre (es decir, la afirmación de la voluntad de vivir en su grado superior de objetivación) se presenta como una especie de hombres que nacen una y otra vez y luego mueren.

El hombre es algo distinto de una nada viviente: — y el animal también.

Al ver la muerte de un hombre, ¿cómo podemos siquiera pensar que aquí una cosa en sí se convierte en nada? Todo hombre tiene un conocimiento inmediato, intuitivo, de que es más bien un simple fenómeno en el tiempo, esa forma de todos los fenómenos, el que encuentra su fin sin que la cosa en sí sea afectada por ello; de ahí que en todas las épocas el hombre se haya esforzado por traducirlo en las más distintas formas y expresiones, que sin embargo, al estar todas tomadas del fenómeno, en su sentido propio no se refieren más que a él.

Quien piense que su existencia está limitada a su vida actual se considera una nada viviente: pues hace treinta años no era nada; y dentro de treinta años volverá a no ser nada.

Si hubiéramos conocido por completo nuestra propia esencia, hasta lo más íntimo, encontraríamos ridículo pretender que el individuo sea imperecedero: porque eso significaría renunciar a aquella esencia misma a cambio de una sola de sus innumerables manifestaciones —fulguraciones.


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