Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Esto se debe primeramente a que en él todo alcanza un poderoso incremento debido al pensamiento de lo ausente y lo futuro, con lo que se introducen en la existencia la preocupación, el miedo y la esperanza, que además le importunan mucho más de lo que es capaz de hacerlo la realidad presente de los placeres o los sufrimientos, a la que está limitado el animal. En efecto, a este, al carecer de reflexión, le falta el condensador de las alegrÃas y los sufrimientos, que por eso no se pueden acumular mediante el recuerdo y la previsión, tal y como ocurre en el caso del hombre; sino que en el animal el sufrimiento del presente, aun cuando se hubiera repetido una vez tras otra innumerables veces, sigue siendo nada más que el sufrimiento del presente, igual que la primera vez, y no se puede sumar. De ahà la envidiable despreocupación y tranquilidad de ánimo de los animales. En cambio, mediante la reflexión y lo que de ella depende, a partir de los mismos elementos de placer y sufrimiento que el animal tiene en común con el hombre se desarrolla en este un aumento de la sensación de su felicidad y desdicha que puede llevar hasta un entusiasmo momentáneo, a veces incluso mortal, o bien a un desesperado suicidio. Examinada más de cerca, la marcha del asunto es la siguiente: sus necesidades, que en origen son poco más complicadas de satisfacer que las del animal, las incrementa a propósito para aumentar el placer: de ahà el lujo, los manjares, el tabaco, el opio, las bebidas espirituosas, el esplendor y todo lo que ahà se incluye. Luego, precisamente como consecuencia de la reflexión, se añade una fuente de placer, y por lo tanto de sufrimiento, que fluye exclusivamente para él y le da que hacer sobremanera, casi más que todas las demás: se trata de la ambición y el sentimiento del honor y la vergüenza; — dicho en prosa, su opinión de la opinión que los demás tienen de él. Revestida en mil formas, con frecuencia extrañas, ella se convierte en el fin de casi todos sus afanes, que trascienden el placer y dolor fÃsicos. Ciertamente, el hombre tiene sobre los animales la ventaja de los placeres verdaderamente intelectuales, que permiten muchos grados, desde el simple juego o la conversación hasta las más altas producciones del espÃritu: pero como contrapeso de ello, en el lado de los sufrimientos aparece en él el aburrimiento que el animal no conoce, al menos en estado natural, y del que solo los animales más listos sufren ligeros ataques cuando están domesticados; mientras que en el hombre llega a ser un verdadero azote, como especialmente se puede ver en aquella tropa de miserables que siempre han pensado exclusivamente en llenar su bolsa, nunca su cabeza, y para los que justamente su bienestar se convierte en condena al entregarles en manos del martirizante aburrimiento. Para escapar de él andan de aquà para allá galopando o caminando o viajando; y siempre, nada más llegar, se informan inquietos acerca de los recursos de diversión del lugar, igual que el necesitado acerca de los recursos de asistencia del mismo: — pues, desde luego, necesidad y aburrimiento son los dos polos de la vida humana. Por último se ha de mencionar que en el hombre a la satisfacción sexual se vincula una elección muy obstinada y propia de él en exclusiva, que a veces se eleva hasta el amor más o menos apasionado; a él he dedicado un detallado capÃtulo en el segundo volumen de mi obra principal. De este modo, aquella se convierte en él en fuente de largos sufrimientos y breves alegrÃas.