Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Entretanto, es asombroso como, por medio del ingrediente del pensamiento que falta en el animal, sobre la misma pequeña base de los sufrimientos y alegrías que también el animal tiene se alza un elevado y amplio edificio de la felicidad e infelicidad humanas, respecto al cual su ánimo se halla entregado a afectos, pasiones y sacudidas de tal violencia que se puede leer su sello en rasgos permanentes de su rostro; cuando al final y en la realidad se trata únicamente de lo mismo que también el animal consigue, y con un gasto de afectos y tormentos incomparablemente menor. Pero con todo eso crece en el hombre la medida del dolor mucho más que la del placer; y en especial se incrementa debido a que él sabe realmente de la muerte, mientras que el animal se limita a huir de ella instintivamente sin conocerla en realidad y sin tenerla nunca realmente ante la vista como el hombre, que siempre tiene ante sí esa perspectiva. Así pues, si son pocos los animales que mueren de muerte natural y la mayoría solo ganan tiempo para propagar su especie y luego, si no antes, se convierten en presa de otro, el hombre, por el contrario, es el único que ha llegado al punto de que en su género la llamada muerte natural se ha convertido en regla que, no obstante, sufre notables excepciones; así que, por la razón señalada, los animales siguen teniendo ventaja. Pero, además, él alcanza el fin realmente natural de su vida con tan poca frecuencia como aquellos; porque el carácter antinatural de su forma de vida, unido a sus fatigas y pasiones, y a la degeneración de la raza que nace de todo ello, raramente le permiten lograrlo.