Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Los animales se satisfacen mucho más que nosotros con la simple existencia; las plantas, por completo; el hombre, según el grado de su torpeza. Conforme a ello, la vida del animal contiene menos sufrimientos, pero también menos alegrías que la humana. Eso se debe ante todo a que, por una parte, permanece libre de la inquietud y la preocupación con los tormentos que las acompañan y, por otra, también le falta la verdadera esperanza; por eso no participa de aquella anticipación de un futuro dichoso a través de los pensamientos ni de la feliz fantasmagoría, esa fuente de los más numerosos y mayores de nuestros placeres y alegrías, que acompaña a aquellos pensamientos y es añadida por la imaginación; por lo tanto, en ese sentido el animal carece de esperanza: la razón de ambas cosas es que su conciencia está limitada a lo intuitivo y con ello al presente; de ahí que solo conozca un temor y esperanza relativos a objetos que se encuentran ya en la intuición de este y, por lo tanto, muy rudos; mientras que la conciencia humana tiene un campo visual que abarca toda la vida humana y llega incluso más allá. — Pero, precisamente como consecuencia de ello, los animales, comparados con nosotros, parecen realmente sabios en un sentido: en el tranquilo e imperturbable disfrute del presente. El animal es el presente corporeizado: la visible tranquilidad de ánimo de la que así participa supone a menudo una vergüenza para nuestro estado, frecuentemente inquieto e insatisfecho por los pensamientos y las preocupaciones. Y ni siquiera las mencionadas alegrías de la esperanza y la anticipación las tenemos gratis. En efecto, lo que uno disfruta de antemano con la esperanza y la expectativa de una satisfacción luego se deduce del disfrute real de la misma como un anticipo, ya que entonces la cosa misma satisface tanto menos. En cambio, el animal permanece libre tanto del disfrute anticipado como de esa deducción del placer y goza lo presente y real de forma plena y sin merma. Y también los males le oprimen únicamente con su peso real y propio, mientras que a nosotros el temor y la previsión, ή προσδοκία των κακών[302], los multiplican por diez.


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