Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Para tener a mano una brújula segura que nos oriente en la vida y verla siempre a la luz correcta sin equivocarnos, nada es más adecuado que habituarse a considerar este mundo como un lugar de penitencia, es decir, algo así como un establecimiento penitenciario, a penal colony —un έργαστηριον[308], tal y como lo llamaron ya los más antiguos filósofos (según Clem. Alex. Strom.[ata] III, c. 3, p. 399) y lo expresó con elogiable audacia Orígenes entre los Padres de la Iglesia (véase Agustín, De civit. Dei, L. XI, c. 23)—; esta visión del mundo encuentra también su justificación teórica y objetiva, no solo en mi filosofía sino también en la sabiduría de todas las épocas; en concreto, en el brahmanismo, en el budismo[309], en Empédocles y en Pitágoras; y también Cicerón señala (Fragmenta de philosophia, vol. 12, p. 316 ed. Bip.) que por parte de los antiguos sabios y en la iniciación en los misterios se enseñaba nos ob aliqua scelera suscepta in vita superiore, poenarum luendarum causa natos esse[310]. Quien lo expresa con mayor fuerza es Vanini, al que fue más fácil quemar que refutar, diciendo: lot tantisque homo repletur miseriis, nt si christianae religioni non repugnaret, dicere auderem: si daemones dantur, ipsi, in hominum corpora transmigrantes, sceleris poenas luunt[311] [De admirandis naturae arcanis, diálogo L, p. 353). Pero incluso en el cristianismo auténtico y bien entendido se concibe nuestra existencia como la consecuencia de una culpa, de una falta. Si hemos adquirido aquella costumbre, ajustaremos nuestras expectativas de la vida acomodándolas al asunto, y en consecuencia no veremos ya sus contradicciones, sufrimientos, penas y necesidad, a pequeña y gran escala, como algo excepcional e inesperado sino que los encontraremos totalmente normales, sabiendo bien que aquí cada cual es castigado por su existencia, y cada uno a su manera[312]. En los males de una institución penitenciaria se incluye también la sociedad que uno encuentra allí. Cómo va la sociedad en este mundo lo sabrá de algún modo, sin que yo se lo diga, el que sea digna de una mejor. El alma bella, como también el genio, puede que a veces tengan en ella la misma sensación que un prisionero político noble en las galeras, en medio de delincuentes comunes; por eso aquellos, igual que este, intentarán aislarse. No obstante, la mencionada concepción nos hará capaces de ver sin extrañeza, por no hablar de irritación, las llamadas imperfecciones, es decir, la indigna condición intelectual y moral —y conforme a ello, también fisonómica— de la mayoría de los hombres: pues siempre tendremos en cuenta dónde estamos y, en consecuencia, veremos a cada cual ante todo como a un ser que solamente existe como resultado de su pecaminosidad y cuya vida es la expiación de la culpa de su nacimiento. Esto constituye justamente lo que el cristianismo llama la naturaleza pecadora del hombre: ella es, pues, el fundamento de los seres que uno encuentra en este mundo como sus iguales; a lo que además se añade que, debido a la índole de este mundo, la mayoría de ellos se encuentran más o menos en un estado de sufrimiento y de insatisfacción que no es apropiado para hacerlos compasivos y afables; y, por último, que en la mayor parte de los casos su intelecto es de tal clase que apenas alcanza para el servicio de su voluntad. Así pues, conforme a eso hemos de regular nuestras pretensiones con la sociedad en este mundo. El que se atenga a este punto de vista podría calificar el impulso a la sociabilidad de inclinación perniciosa.