Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Demófeles. Está bien que lo recuerdes. La invasión de los bárbaros fue la fuente del mal; y el cristianismo, el dique en el que se rompió. El cristianismo fue ante todo el medio de refrenar y moderar las rudas y salvajes hordas que llegaron con la marea de la invasión de los bárbaros. El hombre rudo primero tiene que arrodillarse, aprender respeto y obediencia: solo después se lo puede civilizar. Eso es lo que realizaron en Irlanda san Patricio y en Alemania Winfried el Sajón, que fue un verdadero Bonifacius[366]. La invasión de los bárbaros, ese último avance de las razas asiáticas a Europa al que siguieron aún infructuosos intentos como el de Atila, Gengis Kan y Timur, y como remedo cómico, los gitanos; la invasión de los bárbaros, digo, era la que había expulsado el humanismo de la Antigüedad: pero el cristianismo fue precisamente el principio que contrarrestó la rudeza; también más tarde, a lo largo de toda la Edad Media, la Iglesia con su jerarquía se vio obligada a poner límite a la rudeza y barbarie de quienes detentaban el poder físico: los monarcas y los caballeros: ella se convirtió en el rompehielos de esos potentes témpanos. Sin embargo, la finalidad del cristianismo no es tanto hacernos esta vida agradable como más bien hacernos dignos de otra mejor: aparta la vista de este lapso de tiempo, de este sueño efímero, para conducirnos a la beatitud eterna. Su tendencia es ética en el más alto sentido de la palabra, no conocido hasta entonces en Europa; así lo he hecho observar al colocar la moral y religión cristianas junto con las de los antiguos.


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