Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Filatetes. Y con más frecuencia aún se ha jurado realmente en falso, con lo cual la verdad y el derecho fueron pisoteados con la clara complicidad de todos los testigos del acto. El juramento es el puente de los asnos[368] metafísico de los juristas: deberían pisarlo lo menos posible. Pero si es inevitable, debería hacerse con la mayor solemnidad, nunca sin la presencia del clero, incluso en la iglesia o en una capilla anexa al tribunal. En casos muy sospechosos es muy útil incluso hacer que esté presente la juventud escolar. La abstracta fórmula de juramento francesa no es apta, precisamente por eso: la abstracción de lo positivamente dado se debería dejar al pensamiento de cada cual de acuerdo con el grado de su instrucción. — Sin embargo, tienes razón al citar el juramento como un ejemplo innegable de la eficacia práctica de la religión. No obstante, a pesar de todo lo que has dicho tengo que dudar de que fuera de eso tenga un gran alcance. Imagínate que de repente se declarasen abolidas todas las leyes criminales por proclamación pública; entonces creo que ni tú ni yo tendríamos el valor de ir ni siquiera de aquí a casa bajo la protección de los motivos religiosos. En cambio, si por el mismo procedimiento se declarasen falsas todas las religiones, podríamos seguir viviendo igual que antes bajo la sola protección de la ley, sin incrementar especialmente nuestras inquietudes y medidas de precaución. — Pero quiero decirte más: las religiones han tenido muy a menudo una influencia claramente desmoralizante. En general se podría afirmar que lo que se atribuye a las obligaciones hacia Dios se le quita a las obligaciones con los hombres, ya que es muy cómodo sustituir la falta de buena conducta hacia estos con la adulación a aquel. En consecuencia, vemos que en todas las épocas y países la gran mayoría de los hombres encuentran más fácil conseguir el cielo con oraciones que ganárselo con obras. En todas las religiones se llega pronto al punto en que como objetos inmediatos de la voluntad divina no se hacen pasar tanto las acciones morales como la fe, las ceremonias en el templo y la adoración de todas clases; de hecho, las últimas van poco a poco convirtiéndose en sucedáneos de las primeras, sobre todo cuando van vinculadas a emolumentos de los sacerdotes: sacrificios de animales en el templo, encargo de misas, edificación de capillas o cruces en los caminos constituyen enseguida las obras más meritorias, de modo que hasta los más imperdonables crímenes son expiados con ellas, como también con la penitencia, el sometimiento a la autoridad sacerdotal, la confesión, las peregrinaciones, las donaciones al templo y a sus sacerdotes, la construcción de monasterios y cosas del estilo; con lo cual en último término los sacerdotes aparecen casi exclusivamente como intermediarios del comercio con los dioses sobornables. Y aunque no se llegue a tanto, ¿dónde está la religión cuyos fieles no piensen que las oraciones, los cantos de alabanza y las prácticas de devoción de distintas clases son, al menos en parte, un sustituto del obrar moral? Mira, por ejemplo, el caso de Inglaterra, donde el domingo cristiano, introducido desde Constantino el Grande en oposición al sabbath judío, es falsamente identificado con este incluso en el nombre, por obra del descarado engaño del clero; el propósito de ello es trasladar las afirmaciones de Jehová sobre el sabbath, es decir, el día en que el poder divino tenía que descansar del trabajo de seis días, y que por eso era esencialmente el último día de la semana, al domingo de los cristianos, el dies solis[369], ese primer día que abre gloriosamente la semana, ese día de devoción y alegría. Como consecuencia de ese fraude, en Inglaterra el sabbathsbreaking, o la desecration of the Sabbath, es decir, aun la más ligera, útil o agradable ocupación, cualquier juego, música, labor de calceta o libro mundano que ocupe el domingo, se cuenta entre los pecados graves. ¿No ha de creer el hombre corriente que simplemente con cumplir siempre, como le dictan sus guías espirituales, a strict observance of the holy sabbath, and a regular attendance on divine service[370], es decir, con que el domingo holgazanee inviolablemente y bien a fondo y no deje de estar dos horas en la iglesia para escuchar la misma letanía y repetirla a tempo como un loro; — no ha de creer, digo, que con eso puede esperar el perdón de esto o aquello que en ocasiones se permite? Aquellos demonios en forma humana, los poseedores y los traficantes de esclavos de los Estados libres de Norteamérica (se deberían llamar estados esclavistas), son de ordinario anglicanos ortodoxos y devotos que considerarían un pecado grave trabajar en domingo, y que, confiando en eso y en su puntual visita a la iglesia, etc., esperan su salvación eterna. — El influjo desmoralizante de las religiones es, pues, menos problemático que el moralizante. ¡Pero qué grande y cierto tendría que ser este para reparar las atrocidades que han provocado las religiones, en especial la cristiana y la mahometana, y la calamidad que han traído al mundo! Piensa en el fanatismo, en las interminables persecuciones, ante todo en las guerras de religión, esa sangrienta demencia de la que los antiguos no tuvieron noción alguna; luego, en las cruzadas, que fueron una matanza totalmente irresponsable de doscientos años de duración, bajo el grito de guerra «Dios lo quiere» y con el fin de conquistar la tumba de aquel que había predicado amor y resignación; piensa en la cruel expulsión y erradicación de los moros y judíos de España; piensa en los matrimonios de sangre, en las inquisiciones y otros tribunales de herejes, y también en las sangrientas y grandes conquistas de los mahometanos en tres continentes; pero también en la de los cristianos en América, a cuyos habitantes exterminaron en su mayoría —en Cuba incluso por completo— y donde, según Las Casas, en el plazo de cuarenta años han asesinado a doce millones de hombres; se entiende que todo ello in majorem Dei gloriam[371] y a efectos de la difusión del Evangelio, y además porque el que no era cristiano tampoco era considerado un hombre. Es cierto que he mencionado esas cosas hace un momento: pero cuando aún en nuestros días se imprimen las «Noticias más recientes del Reino de Dios[372]», no queremos cansarnos de traer a la memoria esas más antiguas. Mas no olvidemos en especial la India, ese suelo sagrado, esa cuna del género humano, o al menos de la raza a la que pertenecemos, donde primero los mahometanos y luego los cristianos han cometido los mayores horrores contra los fieles de la sagrada fe primigenia de la humanidad; y la lamentable, petulante y cruel destrucción y desfiguración de los más arcaicos templos e ídolos nos presenta aún hoy las huellas de la furia monoteísta de los mahometanos, tal y como se ejercitó desde Mahmud Ghaznavid, de memoria maldita, hasta Aurangzeb, el fratricida; con ellos se han esforzado después en rivalizar los cristianos portugueses, tanto con las destrucciones de templos como con los autos de fe de la Inquisición en Goa. Tampoco podemos olvidar al pueblo elegido de Dios que, después de que en Egipto, por mandato expreso de Jehová, hubo robado a sus antiguos y confiados amigos los vasos de oro y plata que le habían prestado, con el asesino Moisés a la cabeza emprendió su expedición de asesinato y pillaje en dirección a la Tierra Prometida[373]; ello, con el propósito de arrebatar aquella «Tierra de Promisión» a sus legítimos ocupantes, siguiendo el mandato expreso y reiterado del mismo Jehová de no conocer la compasión y asesinando y extinguiendo sin piedad a todos los habitantes, incluidos mujeres y niños (Josué, c. 10 y 11) — porque no estaban circuncidados y no conocían a Jehová, razón suficiente para justificar cualquier horror contra ellos; de hecho, por la misma razón se narra gloriosamente la infame canallada que antes cometieron el patriarca Jacob y sus elegidos contra Hemor, el rey de Salem, y su pueblo (1 Moisés 34), porque eran gente incrédula[374]. Verdaderamente, ese es el lado peor de las religiones: que los creyentes de cada una de ellas se consideran autorizados a todo en contra de todas las demás, y por eso proceden contra ellas con la perfidia y crueldad más manifiestas: así los mahometanos con los cristianos y los hindúes; los cristianos con los hindúes, los mahometanos, los pueblos americanos, los negros, los judíos, los herejes, etc. No obstante, quizá me exceda cuando digo todas las religiones: pues, en honor a la verdad, he de decir que los fanáticos horrores surgidos de ese principio solamente los conocemos en los partidarios de las religiones monoteístas, es decir, exclusivamente en el judaismo y sus dos ramificaciones: el cristianismo y el islam. Con respecto a los hindúes y los budistas no se nos informa de nada semejante. Aunque sabemos que en el siglo V de nuestro calendario el budismo fue expulsado por los brahmanes de su cuna originaria, la península de la India, después de lo cual se extendió por toda Asia, no tenemos, que yo sepa, ninguna noticia precisa de que esa difusión se produjera mediante actos de violencia, guerras y crueldades. Por supuesto, eso se puede atribuir a la oscuridad en la que está envuelta la historia de aquellos países: sin embargo, el carácter extremadamente benévolo de aquellas religiones, que inculcaban sin cesar el buen trato a todo lo viviente, así como la circunstancia de que el brahmanismo en realidad no admita prosélitos debido a su sistema de castas, nos permite esperar que sus fieles se hayan mantenido libres de grandes derramamientos de sangre y de crueldades de todas clases. Spence Hardy, en su excelente libro Eastern Monachism, p. 412, elogia la extraordinaria tolerancia de los budistas y asegura que los anales del budismo ofrecen menos ejemplos de persecución religiosa que ninguna otra religión. De hecho, la intolerancia no es esencial más que al monoteísmo: un solo Dios es por naturaleza un Dios celoso que no permite vivir a ningún otro. En cambio, los dioses politeístas son por naturaleza tolerantes: viven y dejan vivir: ante todo soportan bien a sus colegas, los dioses de la misma religión, y esa tolerancia se extiende después a los dioses extraños, que en consecuencia son acogidos con hospitalidad y a veces llegan a alcanzar el derecho de ciudadanía; así nos lo muestra ante todo el ejemplo de los romanos, que aceptaron y honraron gustosamente a dioses frigios, egipcios y otros extranjeros. Por eso las religiones monoteístas son las únicas que nos ofrecen el espectáculo de las guerras de religión, las persecuciones religiosas y los tribunales de herejes, como también el de la iconoclasia, la destrucción de imágenes de los dioses ajenos y la demolición de templos hindúes y colosos egipcios que durante tres milenios habían mirado al Sol; porque, en efecto, su celoso Dios había dicho: «No debes construir ninguna imagen», etc. — Pero, volviendo al tema: tú tienes razón al insistir en la gran necesidad metafísica del hombre: mas no me parece que las religiones sean tanto la satisfacción como el abuso de esa necesidad. Al menos hemos visto que su utilidad con respecto al fomento de la moralidad es en su mayor parte problemática, mientras que son obvios sus inconvenientes y, sobre todo, las atrocidades que se han producido al seguirlas. La cosa es muy diferente cuando ponderamos la utilidad de las religiones como apoyo de los tronos: pues, en la medida en que estos han sido otorgados por la gracia de Dios, el altar y el trono se hallan en una estrecha afinidad. En consecuencia, todo monarca prudente que ame su trono y a su familia marchará al frente de su pueblo como un modelo de verdadera religiosidad; así, incluso Maquiavelo recomienda encarecidamente la religiosidad al príncipe en el capítulo decimoctavo. Además se podría aducir que las religiones reveladas son a la filosofía exactamente lo mismo que el soberano por la gracia de Dios a la soberanía del pueblo; por eso, los dos primeros miembros de esa comparación se encuentran en una alianza natural.


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