Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Desde luego, la Samhita[432] del Veda no puede ser de los mismos autores ni de la misma época que la Upanishad: de ello nos convencemos plenamente cuando leemos el primer libro de la Samhita del Rig-Veda, traducida por Rosen, y la del Sama-Veda, traducida por Stevenson. En efecto, ambas constan de oraciones y rituales que respiran un sabeísmo[433] bastante burdo. Ahí Indra es la suprema divinidad, a la que se invoca, y con ella están el Sol, la Luna, el viento y el fuego. A ellos se les recitan en todos los himnos las más serviles adulaciones unidas a peticiones de vacas, comida, bebida y victoria; y además se les ofrecen sacrificios. Los sacrificios y el agasajo de los sacerdotes son las únicas virtudes que se ensalzan. — Dado que Ormuz (del que después surgió Jehová) es en realidad Indra (según I. J. Schmidt) y además Mitra es el Sol, la adoración al fuego de los guebros llegó a ellos con Indra. — La Upanishad es, como se ha dicho, el producto de la suprema sabiduría humana; y también está destinada en exclusiva a los doctos brahmanes; por eso Anquetil traduce «Upanishad» como secretam tegendam[434]. En cambio la Samhita es exotérica; es para el pueblo, aunque indirectamente, ya que contiene la liturgia, es decir, las plegarias públicas y los rituales de las ofrendas: en consecuencia, la Samhita ofrece una lectura del todo insípida, — a juzgar por las pruebas mencionadas: pues, sin embargo, Colebrooke, en su tratado On the religious ceremonies of the Hindus, ha traducido himnos de otros libros de la Samhita que respiran un espíritu afín al de la Upanishad, como es el caso del bello himno en el segundo ensayo: «El espíritu encarnado», del que he ofrecido una traducción en el § 115.