Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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La tarea de un actor es representar la naturaleza humana en sus más diversos aspectos, en mil caracteres sumamente distintos, pero todos ellos sobre la base común de su individualidad, que está dada de una vez por todas y nunca se puede borrar por completo. Por esa razón él mismo ha de ser un ejemplar de la naturaleza humana apto y completo, y en ningún caso tan defectuoso y atrofiado que, según la expresión de Hamlet[475], no parezca estar hecho por la naturaleza misma sino por alguno de sus peones. No obstante, un actor representará mejor un carácter cuanto más cercano se halle este a su propia individualidad, y mejor que nadie si coincide con ella; de ahí que aun el peor actor tenga un papel que representa de forma excelente: pues ahí está él, como un rostro vivo entre máscaras.

A un buen actor le corresponde: 1) ser un hombre que tiene el don de poder volver hacia fuera su propio interior; 2) tener la suficiente fantasía para imaginar circunstancias y acontecimientos fingidos con tanta vivacidad que conmuevan su interior; 3) tener entendimiento, experiencia y formación suficientes para poder comprender adecuadamente los caracteres y relaciones humanos.




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