Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Por eso, tan pronto como se deja percibir un talento eminente en alguna especialidad, todos los mediocres de la misma se esfuerzan unánimemente en taparlo, en quitarle la ocasión e impedirle de todas las maneras que se dé a conocer, se manifieste y salga a la luz; exactamente igual que si se tratara de una alta traición cometida contra su incapacidad, su trivialidad y su chapucería. En la mayoría de los casos su sistema de represión tiene éxito durante largo tiempo, dado que el genio, que con pueril confianza les presenta su obra para que puedan alegrarse, es quien menos capacitado está para hacer frente a las intrigas y artimañas de almas infames, que solo se encuentran a gusto en lo vulgar, pero ahí, plenamente; de hecho, no los censura ni los comprende, y de ahí que luego, desconcertado por el recibimiento, quizá comience a dudar de su obra, aunque con ello pueda extraviarse y renunciar a sus afanes, a no ser que se le abran los ojos a tiempo acerca de aquellas gentes indignas y sus intrigas. A fin de no buscar los ejemplos excesivamente cerca, pero tampoco en una lejanía ya fabulosa, véase como la envidia de los músicos alemanes se ha resistido durante toda una generación a reconocer el mérito del gran Rossini; yo, sin embargo, he sido testigo en una ocasión de como en una gran sociedad coral constituida se cantó el menú según la melodía del inmortal Di tanti palpiti a modo de burla. ¡Impotente envidia! La melodía venció y devoró las vulgares palabras. Y así, a pesar de toda envidia, las admirables melodías de Rossini se han extendido por toda la esfera terrestre y han recreado todos los corazones ayer, hoy e in secula secularum. Además, véase como a los médicos alemanes, en concreto a los que escriben reseñas, se les eriza la cresta de ira cuando un hombre como Marshal Hall deja notar alguna vez que sabe que ha logrado algo. — La envidia es el signo seguro de la carencia y, por lo tanto, cuando está dirigida a los méritos, de la carencia de méritos. La actitud de la envidia hacia los hombres destacados la ha representado con gran belleza mi admirado Baltasar Gradan, en una detallada fábula: se encuentra en el Discreto bajo el título «Hombre de ostentación». En ella aparecen todas las aves enojadas y tramando un complot contra el pavo real y su abanico de plumas. La cotorra dice: «Si consiguiéramos simplemente que dejara de hacer el maldito desfile con su cola de plumas, su belleza se oscurecería inmediatamente: pues lo que nadie ve es como si no existiera», etc. — En consecuencia, la virtud de la modestia se ha inventado únicamente como defensa contra la envidia. Ya en mi obra principal, volumen 2, capítulo 37, p. 426 [3.a ed., pp. 484 s.] he explicado que son siempre los granujas los que insisten en la modestia y se alegran tan cordialmente de la modestia de un hombre de mérito. La conocida y para muchos enojosa sentencia de Goethe: «Solo los bribones son modestos[502]» tiene ya un antiguo precedente en Cervantes, que entre las reglas de conducta de los poetas agregadas a su Viaje al Parnaso da también esta: «que todo poeta, á quien sus versos hubieren dado á entender que lo es, se estime y tenga en mucho, ateniéndose á aquel refrán: ruin sea el que por ruin se tiene[503]». — Shakespeare, en muchos de sus sonetos —las únicas composiciones en las que podía hablar por sí mismo— declara con tanta seriedad como naturalidad que lo que él escribe es inmortal. Su nuevo editor crítico Collier dice al respecto en su introducción a los sonetos, p. 473: «En muchos de ellos se encuentran notables signos de dignidad personal y confianza en la inmortalidad de sus versos, y la opinión de nuestro autor en este sentido permanece firme y constante. Nunca tiene reparo en manifestarla, y quizá no exista ni en la Antigüedad ni en la época moderna un escritor que, en relación con los escritos que ha dejado, haya expresado con tanta frecuencia y decisión su firme fe en que el mundo nunca dejará que se pierda lo que ha escrito en ese género poético».


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