Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Puesto que el mismo peligro amenaza también al directo desprecio y censura de lo bueno, aunque sea a mayor distancia, muchos son demasiado prudentes como para resolverse a él. De ahí que de modo frecuente la consecuencia próxima de la aparición de un mérito eminente sea simplemente que todos los rivales, ofendidos tan hondamente como las aves por la cola de plumas, guardan un profundo silencio con la misma unanimidad que si lo hubieran acordado: todas sus lenguas se han paralizado: es el silentium livoris[504] de Séneca. Con ese maligno y pérfido silencio, cuyo terminus technicus se llama ignorar [Ignorieren], puede darse largo tiempo por satisfecho cuando, como ocurre en las ciencias superiores, el público inmediato de tal producción está formado solo por rivales (gente de la especialidad) y, por consiguiente, el gran público no ejerce su derecho al voto más que indirectamente, a través de estos, sin investigar por sí mismo. Mas si alguna vez aquel silentium livoris es finalmente interrumpido por un elogio, raro será que tal cosa ocurra sin segunda intención por parte de quienes aquí administran justicia:
Pues no hay reconocimiento
Ni de muchos ni de uno,
Si eso no contribuye
A que sea uno mismo el que brille[505].