Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En toda la historia literaria de la época antigua y moderna no se ha podido mostrar un ejemplo de falsa fama que pueda equipararse al de la filosofía hegeliana. Nunca y de ningún modo lo absolutamente malo, lo palmariamente falso, absurdo y hasta claramente sin sentido, además de sumamente repulsivo y nauseabundo en su exposición, ha sido celebrado como la suprema sabiduría y lo más excelente que haya visto el mundo, con una osadía tan indignante y una desvergüenza tal como lo ha sido aquella filosofía absolutamente carente de valor. No necesito decir que en lo alto brillaba el Sol. Pero sí hay que observar que entre el público alemán ha sido un completo éxito: ahí está el escándalo. Durante más de un cuarto de siglo aquella fama ensartada de mentiras se ha considerado auténtica y aquella bestia trionfante ha florecido e imperado en la república alemana de los eruditos, hasta el punto de que los pocos que se opusieron a esa locura no se atrevieron a hablar de su miserable autor más que como de un genio infrecuente y un gran espíritu, haciéndole profundas reverencias. Pero no se va a dejar de inferir lo que de ahí se sigue; por eso siempre en la historia literaria ese periodo figurará como una lacra permanente de la nación y de la época, y será el escarnio de los siglos: ¡con razón! Por supuesto, tanto las épocas como los individuos son libres de ensalzar lo malo y despreciar lo bueno: pero la Némesis[510] alcanza a las unas como a los otros y no faltará la campana de la vergüenza. En aquella época en que el coro de los venales colegas difundía planificadamente la fama de aquel filosofastro corruptor de inteligencias y de su funesto garabateo de sinsentidos; entonces, cuando en Alemania había un cierto grado de refinamiento, ya la forma y el estilo del elogio tendría que haber hecho pensar que nacía únicamente de la intención y no de la comprensión. Pues se vertió sin freno y copiosamente hacia las cuatro partes del mundo, brotó a borbotones de amplias bocas sin reserva, sin condición, sin descuento, sin medida, hasta que les faltaron las palabras. Y, no contentos con su propio peán[511] polifónico, aquellos miembros de la claque puestos en fila seguían con inquietud al acecho de cualquier átomo de elogio ajeno no comprado, con el fin de recogerlo y mantenerlo bien en alto: en efecto, allá donde algún hombre famoso hubiera pronunciado una palabra de aprobación por obligación, a modo de cumplido o engañado, o bien cuando se le hubiera escapado casualmente o incluso cuando con ella hubiera querido suavizar por temor o compasión la censura hecha a un oponente, entonces todos ellos se abalanzaban a recogerla para mostrarla triunfantes a su alrededor. Así actúa la intención y así elogian los mercenarios que esperan su sueldo, los miembros pagados de la claque y las brigadas literarias conjuradas. En cambio, la alabanza sincera, que nace únicamente de la comprensión, tiene un carácter totalmente distinto. Está precedida por lo que Fenchtersleben ha expresado con gran belleza:


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