Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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¡Mas cómo se retuercen los hombres y se defienden,

Simplemente por no apreciar lo bueno[512]!

En efecto, el elogio sincero llega muy despacio y tarde, esporádicamente y medido con escasez, es exprimido al repartirlo y está siempre sujeto a restricciones, de modo que el receptor bien puede decir:

Χει’λεα μέν τ’ έδι’ην’, ύπερορεην δ’ ούκ εδιηνεν[513].

                                                                Il. XXII, 495

Y sin embargo, quien lo dispensa se separa de él con resistencia. Pues es una recompensa que la grandeza de los méritos auténticos, ya imposible de encubrir, arranca contra su voluntad a la mediocridad torpe, insensible, obstinada y además envidiosa: es el laurel que, como canta Klopstock[514], era merecedor del sudor del hombre noble: es, como dice Goethe, el fruto

De aquella valentía que tarde o temprano

Vence la resistencia del torpe mundo[515]. [516]


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