Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Ser tonto y malo [schlecht] está permitido: ineptire est juris gentium[527]. En cambio, hablar de la tontería y la maldad [Schlechtigkeit] es un crimen, un indignante quebrantamiento de las buenas costumbres y de toda decencia. — ¡Una sabia precaución! No obstante, ahora he de pasarla por una vez por alto para hablar con mis compatriotas en su idioma. Pues he de decir que el destino de la teoría de los colores de Goethe es una prueba manifiesta, bien de la falta de honradez o bien de la total carencia de juicio del mundo erudito alemán: probablemente las dos nobles cualidades han actuado aquí de la mano. El público culto busca vivir bien y entretenerse, por lo que deja de lado todo lo que no sea novela, comedia o poesía. Para leer en algún caso excepcional con el fin de instruirse, aguarda primero a que aquellos que entienden más se comprometan por escrito a que ahí se puede encontrar realmente enseñanza. Y los que entienden más, se supone, son la gente de la especialidad. En efecto, se confunde a los que viven de una cosa con los que viven para ella, si bien en algún caso raro son los mismos. Ya Diderot ha dicho en El sobrino de Rameau que los que enseñan una ciencia no son los que la comprenden y se dedican en serio a ella, ya que a estos no les queda tiempo para enseñarla. Aquellos otros viven simplemente de la ciencia: esta es para ellos «una buena vaca que les provee de mantequilla[528]». — Cuando el más grande espíritu de una nación ha hecho de un tema el principal objeto de estudio de su vida, como es el caso de Goethe con la teoría de los colores, y no encuentra ninguna aceptación, es obligación de los gobiernos que pagan a las academias darles la orden de hacer que se investigue el tema por medio de una comisión; así ocurre en Francia con cosas mucho más insignificantes. ¿Para qué, si no, están esas academias, que tanto se extienden y en las que, sin embargo, se sienta y engríe algún que otro idiota? Raras veces salen de ellas nuevas verdades de trascendencia: por eso deberían al menos ser capaces de juzgar producciones importantes y ser obligadas a hablar ex officio. Sin embargo, por lo pronto el señor Link, miembro de la Academia de Berlín, ha dado una prueba de su Juicio académico en sus Propileos de la historia natural, volumen I, 1836. Convencido a priori de que su colega de universidad Hegel es un gran filósofo, y la teoría de los colores de Goethe, una mamarrachada, une a ambos en la p. 47, de la siguiente manera: «Hegel se deshace en enormes invectivas cuando se trata de Newton, quizá por condescendencia —una mala cosa merece una mala palabra— con Goethe». Así que ese señor Link tiene el atrevimiento de hablar de la condescendencia de un miserable charlatán hacia el mayor espíritu de la nación. Como prueba de su Juicio y su ridicula osadía añado aún los siguientes pasajes del mismo libro, que ilustran el anterior: «Hegel supera en profundidad a todos sus predecesores: se puede decir que la filosofía de estos desaparece ante la de aquel» (p. 32). Y su exposición de aquella miserable bufonada de cátedra de Hegel concluye en la p. 44 diciendo: «Este es el sublime y bien fundado edificio de la más alta sagacidad metafísica que conoce la ciencia». Palabras como estas: «El pensamiento de la necesidad es la libertad; el Espíritu se crea un mundo de la moralidad en el que la libertad se hace a su vez necesidad, llenan el espíritu afín de profundo respeto; y, una vez que son convenientemente reconocidas, aseguran la inmortalidad al que las pronunció». — Dado que ese señor Link no solo es miembro de la Academia de Berlín sino que también se cuenta entre las personas notables, quizá incluso entre las celebridades de la república alemana de eruditos, estas expresiones valen también como una prueba del Juicio alemán y de la justicia alemana, sobre todo porque nunca han sido criticadas. Con eso se entenderá mejor cómo pudo suceder que durante treinta años mis escritos no hubieran sido considerados merecedores de ser mirados.


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