Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II La libertad de prensa que por fin se ha conseguido en Alemania y que enseguida ha sido objeto del más vil abuso debería al menos estar condicionada por la prohibición de todo anonimato y seudónimo, para que cada cual fuera al menos responsable con su honor, si es que todavía lo tiene, de lo que anuncia públicamente a través del amplio megáfono de la prensa; y si no tiene honor, para que su nombre neutralice su discurso. Atacar anónimamente a gente que no ha escrito anónimamente es un claro deshonor. Un crítico anónimo es un sujeto que no quiere defender lo que dice y lo que calla al mundo acerca de los demás y su trabajo, y por eso oculta su nombre. ¿Y se va a tolerar algo así? Ninguna mentira es tan audaz como para que un crítico anónimo no se la permita: él no responde de ella. Toda recensión anónima tiene sus miras en la mentira y el fraude. Por eso, así como la policía no permite que se ande enmascarado por las calles, tampoco debería tolerar que se escriba anónimamente. Las revistas literarias anónimas son verdaderamente el lugar donde la ignorancia juzga impunemente sobre la erudición, y la estupidez, sobre el entendimiento, y donde se miente impunemente al público a la vez que se le estafa el dinero y el tiempo con el elogio de lo malo. ¿Pues no es el anonimato la sólida fortaleza de toda la canalla literaria, sobre todo la publicitaria? Así pues, hay que derribarla hasta los cimientos, es decir, de tal modo que todos los artículos de revista estén siempre acompañados del nombre del autor, bajo la estricta responsabilidad del redactor por la corrección de la firma. De este modo, puesto que hasta el hombre más insignificante es conocido en el lugar donde vive, desaparecerían las dos terceras partes de las mentiras de las revistas y la osadía de algunas lenguas viperinas se mantendría dentro de unos límites. Precisamente ahora en Francia se acomete el asunto de ese modo.