Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Una impertinencia especialmente ridicula de tales crÃticos anónimos es que hablan, igual que los reyes, empleando el nosotros, cuando deberÃan hablar, no solo en singular, sino en diminutivo y hasta en humillativo: por ejemplo, «mi miserable pequeñez, mi cobarde picardÃa, mi encubierta incompetencia, mi mezquina bribonerÃa», etc. Asà es como conviene que hablen los granujas enmascarados, esas culebras ciegas que silban desde el oscuro agujero de un «periodicucho literario» y a los que se ha de impedir por fin que continúen en su oficio. El anonimato es en la literatura lo que la estafa material en la comunidad civil. «¡Di tu nombre, bribón, o cállate!» tiene que ser el lema. — Hasta entonces, en el caso de los crÃticos sin firma se puede añadir inmediatamente: bribón. — El oficio podrá reportar dinero, pero no reporta honor. Pues en sus ataques el señor Anónimo es sin más el señor Infame, y se puede apostar cien contra uno a que quien no quiere decir su nombre tiene la intención de engañar al público[553]. Solamente es legÃtimo recensionar anónimamente los libros anónimos. En general, con la supresión del anonimato desaparecerÃan las noventa y nueve centésimas partes de todas las infamias literarias. Hasta que se proscriba ese oficio, cuando surja la ocasión de dirigirse al hombre que lleva el negocio (presidente y empresario del instituto de recensiones anónimas), se le debe hacer a él directamente responsable de las faltas de sus asalariados, y además en el tono al que su oficio nos da derecho[554]. — Yo, por mi parte, estarÃa tan dispuesto a presidir un casino o un burdel como un antro de crÃticos anónimos de esa clase.