Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Así pues, precisamente aquellos prefijos que conducen a un término radical por todas las modificaciones y matices de su aplicabilidad constituyen un medio indispensable para aquella claridad y precisión de la expresión, y con ello para la auténtica brevedad, energía y concisión del discurso; y lo mismo ocurre con los afijos, es decir, con las distintas sílabas finales de los sustantivos derivados de verbos, tal y como se ilustró antes en Versuch y Versuchung. Por eso, las dos formas de modulación de las palabras y los conceptos han sido distribuidas al lenguaje e impresas a las palabras por nuestros antepasados con un gran ingenio y sabiduría, y con un acertado tacto. Pero a ellos ha seguido en nuestros días una generación de emborronadores rudos, ignorantes e incapaces que, con sus fuerzas en unión, hacen negocio destruyendo aquella antigua obra de arte con la dilapidación de las palabras; porque esos paquidermos no tienen por naturaleza sensibilidad alguna para los recursos destinados a contribuir a la expresión de pensamientos sutilmente matizados: pero sí saben contar letras. De ahí que si un paquidermo puede elegir entre dos palabras, una de las cuales corresponde exactamente al concepto que quiere expresar gracias a su prefijo o afijo, y la otra lo designa de manera simplemente aproximada y en general, pero tiene tres letras menos, nuestro paquidermo se aferra sin vacilar a la última y se conforma con el à peu près en relación con su sentido: pues su pensamiento no necesita aquellas sutilezas, ya que se realiza a bulto: — ¡pero son menos letras! De eso dependen la brevedad y fuerza de la expresión, la belleza del lenguaje. Si, por ejemplo, tiene que decir: so etwas ist nicht vorhanden [no existe algo así], dirá: so etwas ist nicht da [algo así no está ahí], en razón del gran ahorro de letras. — Su máxima suprema es sacrificar siempre la adecuación y corrección de una expresión a la brevedad de otra que ha de servir como sucedáneo; de ahí ha de resultar poco a poco una jerga sumamente lánguida y al final incomprensible, y de ese modo se aniquila intencionadamente la única ventaja real que tiene Alemania frente a las demás naciones europeas: el lenguaje. En efecto, la alemana es la única lengua en la que se puede escribir casi tan bien como en griego y en latín, cosa de la que sería ridículo que pretendieran ufanarse las demás lenguas europeas, que son simples patois. Precisamente por eso el alemán tiene un carácter tan inusualmente noble y sublime en comparación con ellas. — ¿Pero cómo un paquidermo habría de ser sensible a la sutil esencia de un lenguaje, de ese precioso y delicado material trasmitido a los espíritus pensantes para poder acoger y conservar un pensamiento exacto y sutil? ¡Contar letras, eso es lo propio de los paquidermos! Ved cómo saborean el deterioro del lenguaje esos nobles hijos de la «actualidad». ¡Miradlos! Cabezas calvas, barbas largas, gafas en lugar de ojos, un cigarro en su boca animal como sucedáneo del pensamiento, un saco en las espaldas en lugar de chaqueta, un ir de acá para allá en vez de trabajar con diligencia, arrogancia en lugar de conocimientos, osadía y camaradería en vez de méritos[602]. ¡Noble «actualidad», magníficos epígonos, un género que ha crecido con la leche materna de la filosofía hegeliana! Para eterna memoria queréis apretar vuestras zarpas en nuestro antiguo lenguaje, a fin de que la impronta, a modo de fósil, conserve para siempre la huella de vuestra insulsa y apática existencia. ¡Pero Di meliora[603]! ¡Fuera, paquidermos, fuera! ¡Esto es la lengua alemana! En ella se han expresado hombres, en ella han cantado grandes poetas y han escrito grandes pensadores. ¡Atrás con las zarpas! — O si no, pasaréis hambre. (Eso es lo único que les horroriza.) —