Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Con ese curso de las cosas se vincula el hecho de que, cada treinta años más o menos, veamos en declarada bancarrota el espíritu científico, literario y artístico dominante en la época. En efecto, en ese tiempo los correspondientes errores se han agravado tanto que se precipitan bajo la carga de su absurdidad, al tiempo que la oposición a ellos se ha intensificado. Así que se produce un cambio brusco: pero a menudo le sigue un error en la dirección opuesta. Mostrar esa marcha de las cosas en su recurrencia periódica sería la verdadera materia pragmática de la historia de la literatura: pero esta piensa poco en ello. Además, en virtud de la relativa brevedad de tales periodos, los datos de los que pertenecen a tiempos remotos son con frecuencia difíciles de recopilar: por eso lo más cómodo que se puede hacer es observarlos en la propia época. Si quisiéramos un ejemplo de las ciencias reales, podríamos tomar la geología neptunista de Werner. Pero yo me quedo con el ejemplo antes citado y que está más cercano. Al esplendoroso periodo de Kant siguió inmediatamente en la filosofía alemana otro en el que se trataba de imponer en lugar de convencer; de ser brillante e hiperbólico, pero sobre todo incomprensible, en lugar de profundo y claro; e incluso de intrigar en vez de buscar la verdad. Con eso la filosofía no podía hacer ningún progreso. Finalmente toda esa escuela y método se declararon en bancarrota. Pues en Hegel y sus camaradas la arrogancia del garabatear sinsentidos, por un lado, y la del elogio sin escrúpulos, por otro, unidas a la patente intencionalidad de toda la esmerada actividad, han alcanzado una magnitud tan colosal que al final a todos se les tuvieron que abrir los ojos acerca de toda esa charlatanería; y también la boca cuando, como consecuencia de ciertas revelaciones, el asunto perdió la protección procedente de arriba. Los antecedentes fichteanos y schellingianos de esa, la más miserable pseudofilosofía que jamás existió, fueron arrastrados por ella al abismo del descrédito. Por eso se revela ahora toda la incompetencia filosófica de la primera mitad del siglo que siguió a Kant en Alemania, mientras nos ufanamos ante el extranjero de las dotes filosóficas de los alemanes — en especial desde que un escritor inglés ha tenido la maliciosa ironía de llamarlos «un pueblo de pensadores».


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