Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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El odio y el desprecio están en claro antagonismo y se excluyen mutuamente. Incluso hay alguna especie de odio que no tiene otra fuente más que el alto aprecio al que obligan los méritos ajenos. Y, por otro lado, si quisiéramos odiar a todos los pobres diablos tendríamos mucho que hacer: pero sí podemos despreciar absolutamente a todos con la mayor comodidad. El verdadero y auténtico desprecio, que es el reverso del verdadero y auténtico orgullo, permanece totalmente oculto y no se deja observar. Pues el que deja percibir el desprecio ofrece ya con ello una señal de aprecio, en la medida en que quiere hacer saber al otro lo poco que lo estima; de ese modo delata odio, el cual excluye el desprecio y solamente lo simula. El auténtico desprecio, en cambio, es la pura convicción de la falta de valía de los otros, y resulta compatible con la indulgencia y el miramiento, mediante los cuales se evita irritar al despreciado para propia tranquilidad y seguridad; porque todos pueden hacer daño. No obstante, si alguna vez sale a la luz ese desprecio puro, frío y sincero, es respondido con el odio más sangriento; porque no está en poder del despreciado responder a él en los mismos términos.





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