Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Sin duda esto se debe en parte a que en el espejo nunca nos vemos más que con la mirada al frente e inmóvil, con lo cual se pierde en buena parte el juego de los ojos, tan significativo, y con él el elemento característico de la mirada. Pero junto a esa imposibilidad física parece actuar una imposibilidad ética análoga a ella. No somos capaces de lanzar a nuestra propia imagen en el espejo la mirada del extrañamiento que es la condición para captarla con objetividad; porque, en efecto, esa mirada se basa en último término en el egoísmo moral con su no-yo profundamente sentido (véase Problemas fundamentales de la ética, p. 275 [2.a ed., p. 272]), que es necesario para percibir todos los defectos de forma puramente objetiva y sin merma, siendo este el único modo en que la imagen se presenta fiel y verdadera. Pero en lugar de eso, al mirar nuestra propia persona en el espejo aquel egoísmo nos susurra siempre un recurrente «no es un no-yo sino yo», que actúa como un noli me tangere[650] e impide la captación puramente objetiva, la cual, en efecto, parece que no puede llevarse a cabo sin el fermento de un grano de malicia.