Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En varias ocasiones (por ejemplo, Los dos problemas fundamentales de la ética, p. 50 [2.a ed., p. 48], El mundo como voluntad y representación, vol. I, p. 338 [3.a ed., p. 353]), he explicado que los animales no poseen más que el carácter de la especie y solo al hombre le corresponde el verdadero carácter individual. No obstante, en la mayoría es muy poco individual: pueden ser ordenados en clases casi por completo. Ce sont des espèces[655]. Todo su querer y su pensar, como también sus fisonomías, son las de toda la especie, o a lo sumo las de la clase de hombres a la que pertenecen; y por eso son triviales, cotidianos, ordinarios, mil veces existentes. En la mayoría de los casos también se puede predecir con bastante exactitud lo que digan o hagan. No tienen ningún sello peculiar: son mercancía de fábrica.

¿No habría, pues, de agotarse su existencia, igual que su ser, en la existencia de la especie? La maldición de la vulgaridad aproxima al hombre al nivel de animal, al no concederle más esencia y existencia que las de la especie.

Pero va de suyo que todo lo elevado, grande y noble, por su propia naturaleza se encontrará aislado en un mundo en el que no podríamos encontrar una expresión mejor para designar lo bajo y reprobable que aquella que designa lo que por lo regular existe: «ordinario».


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