Vidas imaginarias
Vidas imaginarias Alain el Gentil no se atrevió a tocar Senlis y volvió dando rodeos a la ciudad de Ruán. Cuando despertaba, ya pasada la noche, al pie de un seto florido, se vio rodeado por gente de a caballo que le ató las manos y lo condujo a la prisión. Cerca de la portezuela se escabulló por detrás de la grupa de un caballo y corrió a la iglesia de Saint Patrice, donde se instaló junto al altar mayor. Los sargentos no pudieron pasar del atrio. Alain, ya inmune, recorrió con libertad la nave y el coro, vio hermosos cálices de rico metal y vinajeras buenas para fundir. Y la noche siguiente, tuvo como compañeros a Denisot y Marignon, rateros como él. Marignon tenía una oreja cortada. Lo único que sabían era comer. Envidiaban a las lauchitas que andaban por ahí y que anidaban entre las losas y engordaban royendo mendrugos de pan sagrado. A la tercera noche debieron salir, mordidos por el hambre. La gente de Justicia los apresó y Alain, quien vociferaba que era clérigo, había olvidado arrancarse sus mangas verdes.