Vidas imaginarias

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En seguida pidió ir al retrete, descosió su jubón y hundió las mangas entre la basura; pero los hombres de la prisión advirtieron al preboste. Vino un barbero para afeitar por completo la cabeza de Alain el Gentil para borrarle la tonsura. Los jueces rieron del pobre latín de sus salmos. En vano juró que un obispo lo había confirmado con una palmada cuando tenía diez años; no pudo llegar al final de los padrenuestros. Se le hizo dar tormento como a lego, primero en el potro pequeño, luego en el grande. Al fuego de las cocinas de la prisión confesó sus crímenes, con los miembros descalabrados por los tirones de las cuerdas y con la garganta deshecha. El lugarteniente del preboste pronunció la sentencia en ese mismo lugar. Fue atado a la carreta, arrastrado hasta la horca y colgado. Su cuerpo se tostó al sol. El verdugo se quedó con el jubón, con sus mangas descosidas y con un hermoso capuchón de paño fino, con forro de marta, que había robado en una buena hostería.






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