Vidas imaginarias
Vidas imaginarias El nombre de Eróstrato le parecía incomparable así como su propia persona le parecía superior a toda la humanidad. Deseaba la gloria. En un principio se plegó a los filósofos que enseñaban la doctrina de Heráclito; pero ellos no sabían nada de la parte secreta, puesto que ésta estaba encerrada en la pequeña célula piramidal del tesoro de Artemisa. Eróstrato sólo conjeturó la opinión del maestro. Se endureció en el desprecio de las riquezas que lo rodeaban. Su desagrado por el amor de las cortesanas era extremado. Se creyó que guardaba su virginidad para la diosa. Pero Artemisa no tuvo nada de piedad para con él. El colegio de Gerusia, que custodiaba el templo, lo juzgó peligroso. El sátrapa permitió que lo exiliasen a las afueras. Vivió en una ladera del Keressos, en una cueva cavada por los antiguos. Desde allí acechaba, a la noche, las lámparas sagradas del Artemision. Algunos suponen que iniciados persas fueron hasta allí a conversar con él. Pero es más probable que su destino se le revelara de golpe.