El anticuario
El anticuario —¡Un almanaque! ¡Un almanaque! —gritó Oldbuck muy alarmado. Y, apartando el almanaque de bolsillo que su sobrina le ofrecÃa, exclamó—: Esa tonterÃa no. ¡Dios santo! ¡Mi pobre señorita Isabella! Necesito inmediatamente el Almanaque de Fairport.
Se lo dieron, lo consultó y su agitación fue en aumento.
—Iré yo mismo. Que vengan el jardinero y el labrador, y que traigan cuerdas y escaleras. Y que traigan a cualquiera que pueda ayudar. Que vayan por lo alto de los acantilados y los llamen desde arriba. Yo mismo les acompañaré.
—Pero ¿qué ocurre? —preguntaron la señorita Oldbuck y la señorita MacIntyre.
—¡La marea! ¡La marea! —contestó el anticuario preocupado.
—Mandaré a Jenny… No, mejor iré corriendo yo misma —dijo la mujer de menor edad, compartiendo el miedo de su tÃo—. Iré a buscar a Saunders Mucklebackit para que saque su barca.
—Gracias, querida, son las palabras más sensatas que se han dicho hasta ahora. ¡Corre, corre! ¡Ir por la playa! —exclamó mientras cogÃa el sombrero y el bastón—. ¡Habrase oÃdo una locura asÃ!