El anticuario
El anticuario Después empezó a andar con gran indignación, pasando una y otra vez frente a la puerta de la tienda, cual navío que pasa de costado frente a una fortaleza hostil, profiriendo quejas, amenazas y reproches, todas dirigidas a la avergonzada señora Macleuchar. Decía que tendría que ir en una silla de posta, o en carruaje de alquiler de cuatro caballos; no le quedaba más remedio, tenía que llegar a la orilla norte hoy mismo… y todos los gastos del viaje, además de los perjuicios ocasionados por el retraso, ya fueran directos o indirectos, recaerían sobre la santa cabeza de la señora Macleuchar.
Había algo tan cómico en su mal humor que el joven viajero, que no tenía tanta prisa por partir, no podía dejar de divertirse, especialmente al darse cuenta de que el caballero de mayor edad, a pesar de su mal genio, se reía de vez en cuando de su propia vehemencia. Pero, cuando la señora Macleuchar se unió a las risas, el anciano puso punto y final a su inoportuna alegría.