El anticuario

El anticuario

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—¿Qué es lo que desea? —respondió la señora Macleuchar, cada vez peor de la sordera.

—Señora, tenemos plaza en su diligencia a Queensferry —dijo el desconocido más joven.

—Y a esta hora deberíamos estar a mitad del camino —añadió el mayor y más impaciente de los viajeros, encolerizándose a cada palabra—. Ahora lo más seguro es que no podamos aprovechar la marea, y tengo negocios muy importantes que tratar en la otra orilla. Y su maldito coche…

—¿El coche? ¡Dios nos asista! Caballeros, ¿aún no está en la parada? —contesto la vieja, en un tono agudo menos desafiante y más parecido a una disculpa—. ¿Están esperando el coche?

—¿Qué otra cosa nos tendría asándonos al sol en la cuneta, mujer descreída? ¿Eh?

La señora Macleuchar subió por la escalerilla-trampilla (ya que, aunque estaba hecha de piedra, no era una escalera propiamente dicha) hasta que su nariz llegó al nivel del suelo; después de limpiar sus anteojos para buscar lo que de sobra sabía que no iba a encontrar, exclamó con asombro fingido:

—¡Dios nos asista! ¡Cómo es posible!

—Pues sí, mujer abominable —vociferó el viajero—, es posible y seguirá siendo posible mientras su vulgar sexo se siga ocupando de este negocio.


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