El anticuario
El anticuario —¡Buena mujer! ¿Cómo d…s se llama? ¡Señora Macleuchar!
La señora Macleuchar, consciente de que debía adoptar una posición defensiva en el encuentro que se avecinaba, no mostró prisa alguna por dar una respuesta y comenzar la discusión.
—Señora Macleuchar, buena mujer —exclamó alzando el tono, y después añadió más bajo—: Vieja bruja de tres al cuarto, está más sorda que una tapia. ¡Señora Macleuchar!
—Estoy atendiendo a una clienta. De verdad, querida, no encontrará nada más barato que esto.
—¡Mujer! —insistió el viajero—. ¿Cree que podemos esperar aquí el día entero hasta que desplume a esa pobre sirvienta de la mitad de su salario anual?
—¡Desplumar! —replicó la señora Macleuchar, dispuesta a continuar la discusión desde una posición defensiva—. Desprecio sus palabras, caballero. Es usted un grosero y le agradecería que no me insultara en mi propia escalera.
—Esta mujer —dijo el anciano mirando con las cejas arqueadas a su futuro compañero de viaje— no entiende lo que es una difamación.
Y, dirigiéndose de nuevo a la cripta, exclamó:
—Señora, no estoy juzgando su carácter, pero quiero saber qué ha sido de mi coche.