El anticuario
El anticuario El joven calmó su inquietud explicándole que el carruaje todavía no había llegado. Al principio, el caballero de mayor edad, aparentemente consciente de su propia impuntualidad, no se vio con el valor suficiente de criticar al cochero. Tomó un paquete que parecía contener un infolio de grandes dimensiones de manos de un muchacho que le seguía y, tras acariciarle la cabeza, le pidió que regresara y le dijera al señor B. que, si hubiera sabido que dispondría de tanto tiempo, habría cambiado las condiciones de su acuerdo; después le dijo al niño que se ocupara de sus propios asuntos, y que sería un próspero mozalbete, más de lo que pudieran revelar jamás las polvorientas páginas de una octavilla. El chiquillo no se alejo, quizá con la esperanza de recibir un penique para canicas; pero al final tuvo que irse con las manos vacías. El caballero apoyó su paquete en uno de los postes al principio de la escalera y, volviéndose hacia el viajero que había llegado antes que él, aguardó en silencio unos cinco minutos la llegada de la esperada diligencia.
Finalmente, tras mirar una o dos veces con impaciencia el progreso del minutero del reloj y compararlo con el que llevaba —un enorme y antiguo reloj de repetición de oro—, arrugó el rostro como para recalcar su irritación y mal humor y se dirigió a la anciana de la caverna.