El anticuario

El anticuario

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—Que me lleve el diablo —contestó el mendigo con terquedad—. Si sube, yo subo también, porque entre los dos tenemos fuerza suficiente para llegar a lo alto del acantilado.

—No, no; quédese aquí y ocúpese de la señorita Wardour. Como ve, sir Arthur está exhausto.

—Entonces quédese usted, que yo subiré —respondió el viejo—, y que la muerte perdone al fruto verde y se lleve el maduro.

—Quédense los dos, se lo ruego —masculló Isabella—, estoy bien, puedo pasar la noche aquí sin dificultad. Ya me siento mejor.

Al decir esto, la voz le falló y se desplomó; se habría caído del peñasco de no haber sido por Lovel y Ochiltree, que la sostuvieron y la colocaron en una posición entre sentada y tumbada junto a su padre, quien, exhausto por el cansancio físico y mental tan extremo e inusitado, ya se había sentado sobre la roca presa del estupor.

—Es imposible abandonarles —dijo Lovel—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Oyen eso? ¿Oyen eso? ¿Eso son voces?

—Es el grito de un frailecillo —contestó Ochiltree—. Conozco bien su canto.

—¡No, por todos los cielos —replicó Lovel—, es una voz humana!


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